«Alzaré mis ojos a los montes»: Buscando la autoaceptación

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John RodriguezPor John Rodriguez

El principio…

Recuerdo que solo tenía 12 años, era un estudiante muy competente y me enfoqué en mi educación y en alcanzar mis metas de vida, mis primeros años se vieron afectados por las difícil situación financiera en mi familia, viniendo de una familia humilde y amorosa, mi madre fue mi primera heroína y mi modelo a seguir. Ella siempre se sacrificó por sus dos hijos y tres hijas con dos o incluso tres trabajos para poder mantenernos, mientras que mi padre era un hombre con buen sentido del humor y amoroso, pero también alcohólico, que luchaba profundamente por mejorar sus traumas. Siempre sentí que tenía la necesidad de buscar la espiritualidad en mi vida y atesoré todas las oportunidades para poner este principio en práctica.

Nací católico, como la mayoría de las personas en mi país de origen, la República Dominicana. Recuerdo cuando mi madrina de bautismo me dijo directamente que en el día de «liberación de mis pecados», o bautismo católico, iba a sentir algo muy especial cuando me salpicaran un poco de agua en la cabeza a la vez que también me susurraba: «debes estar atento en este momento único en tu vida».

Así llegó el tan esperado día de mi conversión católica. La parroquia estaba abarrotada, todos tenían una gran sonrisa en sus rostros, sin olvidar las estatuas e imágenes y pinturas de los Santos en la pared y mi miedo cuando los miraba, imaginaba la posibilidad de encontrarme con San Pedro con los brazos abiertos y caminando hacia la pila bautismal. Esta solo fue una ilusión y desapareció en una centésima de segundo. Me puse de pie y colocaron mi cabeza sobre la pila bautismal, yo tenía 12 años cuando esto sucedió, considerando que esto no ocurrió durante mi infancia, por lo que puedo recordar que no sentí nada sensacional o mágico, solo un vacío en mi alma.

¿De dónde vendrá mi socorro…?

En la culminación de mi pubertad, cuando tenía 16 años de edad y siendo un joven insaciable, caribeño y de sangre caliente, sentía la necesidad de encontrar esa paz interna y la reconciliación entre la espiritualidad y mi identidad sexual. Fue durante esta etapa en mi vida que sentí que mis rodillas encontraron alivio de muchos años de búsqueda de nuevas posibilidades espirituales, tratando de encontrar mi propósito en la vida, el momento había llegado, llegó y besó mi alma y me limpió las lágrimas que ocultaba.

Me tomé un año para investigar cuidadosamente la Iglesia SUD y el mormonismo, enamorado del amor que las hermanas misioneras, una dominicana y la otra americana, ellas me enseñaron y me brindaron una bonita amistad. Dos corazones que siempre apreciaré porque me mostraron amor sincero y fueron instrumentos para guiarme a la luz, una joven dominicana del sur cuyo corazón todavía está lleno de compasión y bondad y otra californiana a la que aun al día de hoy tengo la bendición de llamar mi amiga, quien sigue inspirándome incluso desde su nuevo encuentro con el agnosticismo.

Llegó la hora, allí en la primera capilla SUD construida en mi ciudad natal, recuerdo salir de las aguas de la pila bautismal y fue como entrar a una nueva vida, sin miedo y sintiendo algo que simplemente no podía describir, algo que nos saco a mí y a todos en esa pequeña habitación muchas lágrimas. Dos años después, rechacé una beca de mérito del gobierno de los EEUU para estudiar en una de las más prestigiosas universidades de California, ya que mi mente y mi corazón se preparaban para una misión.

Me perdí en el servicio misional, al cual honré y serví con devoción. Fue allí donde encontré, en mi cuarto compañero de misión, a mi alma gemela. Ambos honramos nuestro llamamiento a la misión y respetamos todas las reglas y políticas de la misión y la Iglesia, nuestros corazones estaban conectados, no solo por una atracción física, sino por una conexión real, espiritual, de mucho amor, de mente y alma, que va más allá del sexo y los placeres físicos momentáneos. Estábamos en sintonía con Dios, el Espíritu Santo y las enseñanzas de Jesús, pero no entendía sus temores en ese momento, ya que él tenía traumas, dudas, confusiones y miedo al rechazo familiar.

Nuestro amor sobrevivió a mucho, incluso durante su vida post misional, me mantuve en contacto con él y mantuvimos una buena relación a larga distancia, su familia finalmente me dio la espalda y sentí el sufrimiento de un doloroso rechazo, teniendo en cuenta que había nacido y se había criado en un ambiente conservador y mormón en Utah y que yo era un patito gay mormón de closet y fiel nadando en un océano caribeño de incertidumbres y rechazos sociales.

Dios se encarga de todas nuestras necesidades, si tan solo le pedimos. Esa es la promesa que estaba yo poniendo a prueba. Y entonces creí y aún creo que mis oraciones fueron respondidas. Después de mi misión me encontré sirviendo en mi barrio y estaca en mi ciudad natal, fui llamado como miembro del sumo consejo de mi estaca, trabaje en la reactivación de miembros y abriendo y fortaleciendo nuevas ramas SUD dentro de mi estaca. Salí del closet como gay y sentí como si un cubo de agua helada era vertido sobre los miembros mas conservadores de mi barrio y estaca.

Si alguien en quien confiaras te dijera que tu sexualidad estaba rota, que serías una amenaza para ti mismo y para tus seres queridos, ¿hasta dónde podrías llegar para proteger al mundo de esa amenaza ¿Lo esconderías de tus amigos? ¿Abandonarías a alguien de quien te enamoraste? ¿Dirías a tu familia que tenías que dejarlos porque temías lastimarlos? Yo sí. Creí esa promesa. Dios proveerá, así que me mudé a diferentes áreas y países tratando de esconder mi identidad y no hacer daño.

Pero cuando te encuentras a ti mismo como un mormón gay, te dicen que solo tienes tres opciones. Ser célibe de por vida, casarte con una mujer, o manterte soltero, que es lo mismo que el celibato, la abstinencia sexual completa, que es un requisito para todos nosotros en la Iglesia SUD. Creo que fui alguien lo suficientemente sincero como para intentar todo esto, pero en el fondo de mi corazón sabía que no estaba listo para crucificarme por el bien de una Iglesia.

El Papa Francisco sacudió al mundo con su pensamiento sobre cómo la mayor denominación cristiana piensa sobre la homosexualidad con su famoso comentario: «¿Quién soy yo para juzgar?», aunque la doctrina oficial muestra pocas esperanzas de cambio.

Cristianos o no, millones de personas LGBT y sus familias son impactadas moralmente por organizaciones religiosas tan extenso en el mundo. Reflexioné sobre la receta de la Iglesia para nuestras vidas homosexuales, y lo que puedo decir definitivamente como alguien que realmente intenta seguirlo es que las reglas oficiales no siempre funcionan.

Al crecer mormón, aprendí que la vida es más que solo tú. Hay más en la existencia que lo que tú sabes por propia experiencia. Más razones para adorar que tus gustos personales. Más para el propósito humano que tus imaginaciones.

Lo llaman «tradición»; básicamente, las personas habían estado pensando en esto durante mucho tiempo antes de que tú y yo apareciéramos. Es mejor encontrar la manera de alinearse con la mayoría que seguir tu propio camino. Eso es lo que es la Iglesia, no solo una creencia. Al unirnos en la fe que, sin las inclinaciones egocéntricas del individuo, podíamos recuperar un orden natural de la vida. Y lo que esa mayoría acordó, en mi caso, fue que ser gay era, según ellos, incorrecto.

Descubrí que era gay cuando la mayoría de los niños descubren que hay muchas cosas en la vida que les maravillan y atemorizan. Tenía once, o tal vez doce años de edad. No tenía palabras para describirlo; solo sabía que la forma en que veía a algunos de los chicos era diferente de la forma en que cualquiera de ellos me miraba. Cuando caí en cuenta de que algunos de los peores insultos que esos muchachos se decían mutuamente realmente se aplicaban a mí, me di cuenta de que, aunque había palabras para describir cómo me sentía, sería mejor que no las dijera. En ese momento, nunca había conocido a una sola persona gay. Quizás sí había conocido a alguien, pero sin saberlo, de todos modos.

Cansado de fingir mi camino a través de novias y tortuosos pretextos de la heteronormatividad, eventualmente hablé de mi identidad sexual con mi familia y algunos amigos cercanos, aunque estaba muy lejos de sentirme bien. No hubo celebración o alivio rápido, y ciertamente no hubo orgullo al principio; pero estaba seguro que había mucho amor en mi familia para apoyarme ya que, como dominicano y caribeño, me aseguraron que sería amado sin importar nada más.

Una revelación en un sueño cambió todo y me inspiró y cambio por siempre. Esta es la revelación que tuve pocos meses antes de que decidiera ir a una misión: Estaba caminando mientras sostenía una bicicleta, vestido de blanco y mirando hacia un edificio parecido a un templo en la cima de una colina. Luego tuve otra revelación parecida antes de inactivarme en la Iglesia, esta última era un poco diferente, porque entonces no estaba sosteniendo una bicicleta, sino que un hombre me tomó de la mano mientras ambos miramos el mismo edificio brillante en la cima de la colina.

El sol no te herirá de día, ni la luna de noche.

Ese edificio brillante en la cima de la colina era la respuesta revelada a mis oraciones. Indudablemente fue tan afirmativo como Afirmación lo es, encontré un lugar al que pertenecía, un lugar donde ya no me sentiría rechazado, una luz al final de un túnel oscuro, otra misión y oportunidad de servir y vivir una nueva autenticidad espiritual. Durante los últimos 10 años he estado sosteniendo las manos de aquellos que están luchando como yo lo hice. Soy un defensor de la igualdad, la inclusión, la diversidad y los derechos humanos; he proporcionado apoyo espiritual y de vida para la comunidad LGBTQ, y puedo ser un instrumento en manos de Dios, mientras recuerdo las personas hermosas que sirvo en los siguientes versículos.

Alzaré mis ojos a los montes;

¿de dónde vendrá mi socorro?

Mi socorro viene de Jehová,

que hizo los cielos y la tierra.

No dejará que resbale tu pie,

ni se dormirá el que te guarda.

He aquí, no se adormecerá ni dormirá

el que guarda a Israel.

Jehová es tu guardador;

Jehová es tu sombra a tu mano derecha.

El sol no te herirá de día,

ni la luna de noche.

Jehová te guardará de todo mal;

Él guardará tu alma.

Jehová guardará tu salida y tu entrada

desde ahora y para siempre.

Salmos 121: 1-8

 

John Rodríguez es el fundador del grupo de Afirmación en la Republica Dominicana y el Caribe. Director Ejecutivo de la Filial de «It Gets Better República Dominicana» y también se desempeña como Director en el grupo de Afirmación de Washington.

One Comment

  1. Alejandro Pardo Jerez says:

    Una historia hermosa e inspiradora. En la misión conocí a varios chicos gays. Eran otros Elderes uno de ellos me cantaba al oido y cuando le pregunte por su novia me dijo es solo pantalla. Yo le dije somos misioneros y debiamos dignificar nuestros llamamientos. Encontré en afirmación Chile algo hermoso. Una gran familia.

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