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Cómo lograr compartir historias memorables

Esta charla fue originalmente dada en la Conferencia de Londres 2017, Reino Unido, de los días 7 al 9 de julio.


Por Francesa Fotheringham

Tengo formación en psicología  y, como tal, aunque no soy psicóloga, he tenido un poco de entrenamiento para escuchar y abrir canales de comunicación para individuos y para grupos. Habiendo sido criada en la fe mormona, también he asistido a mi cuota justa de «lecciones» que podrían ser más apropiadamente descritas como un monólogo de una hora. Lecciones donde todos estamos sentados en filas, mientras que una voz que viene de detrás de un manual lee el tema asignado de la semana. No se hacen preguntas, no se discuten y cuando suena la campana, todos nos levantamos sin haber conseguido casi ningún aprendizaje espiritual.

A menudo esto proviene del miedo y la incertidumbre. Como participante en las lecciones, es espantoso hacer preguntas y no saber qué pasará, da temor parecer estúpido o indigno para sus compañeros; para un maestro, es aterrador sentir que no sabrá las respuestas a las preguntas de la gente; es aterrador dar  una lección que no se sabe el curso que tomará y dónde terminará. Sin embargo, una vez que este temor es superado, al menos es lo que yo creo, es donde el aprendizaje sucede.

Sí, las presentaciones, las charlas y las reuniones dirigidas por una persona son importantes y tienen su lugar, sin embargo, cuando aprenden o enseñan sobre una creencia o una experiencia personal, estos formatos no son donde pertenecen estos temas. No podemos decirle a la gente cómo creer, qué pensar y cómo cambiar su vida. Todos estamos en nuestro propio camino individual. En realidad, di lecciones de esta manera por temor cuando empecé. He sido bendecida con muchas oportunidades de recibir enseñanzas religiosa desde una edad muy temprana y con frecuencia era la más joven en el salón, reconozco que cuando enseño no tengo la experiencia de vida o el conocimiento que otros tienen.

Dentro de «Afirmación: Mormones LGBT, Familias y Amigos», he dado un taller titulado «El Regalo de TI» durante los últimos dos años. Durante estos talleres discutimos temas como la felicidad, el bienestar y la competencia emocional. Podría dar este taller parándome delante de todos y mostrar diapositivas que describan las últimas investigaciones psicológicas sobre estos temas, pero dudo que esto tendría la misma experiencia de aprendizaje, y el grupo no sería capaz de apoyarse unos sobre otros, y crear ese vínculo que viene cuando uno comparte sus experiencias y pensamientos. Me siento muy humilde cuando al final de mi taller se acercan para agradecerme y a menudo me preguntan cómo puedo dar tal sesión. Esto es lo que intento responder a través de este artículo.

Un instructor religioso que admiro una vez me dijo que él planea su lección solamente como un plan de respaldo por si la clase no tiene ninguna pregunta. Esto me impactó y siento que es una idea importante a tener en cuenta. Al preparar una charla no significa que no hay planeación. No significa que usted puede sentarse y no hacer nada. De hecho, significa lo contrario. En la preparación, todavía planeo una lección entera en la cual si nadie se siente cómodo compartiendo, todavía tengo algo para decir y utilizar el tiempo productivamente. Además de esto, al hacer un repaso, intento y pienso en las posibles preguntas que la gente hará, y buscaré recursos que pueden ayudar a ayudar a responder a sus preguntas. Por supuesto, nadie es capaz de prepararse para cada pregunta. No sé las dificultades y las luchas que la gente acarrea, y, a veces, no sabré cómo contestar la pregunta que tanto le importa a esa persona. Aquí es donde (como se mencionó anteriormente), muchos maestros principiantes se congelan por el pánico y apenas dan un atisbo de la respuesta. Siento que esto viene de la idea de que como líder/instructor de la charla, que es su responsabilidad tener todas las respuestas. Sin embargo, esto simplemente no es cierto. Necesitamos alejarnos de esta idea: usted es el maestro, pero al impartir una charla todos somos iguales; todos estamos aprendiendo y todos estamos pasando por estas experiencias juntos.

Para mí siento que la mejor manera de impartir esta enseñanza es empezar sentándonos en un círculo. Entiendo que esto no siempre es posible o adecuado. Una vez fui llamada como maestra de «Doctrina del Evangelio» de los Jóvenes Adultos Solteros en el barrio al que pertenecía en ese momento. No puedo recordar cuál fue el tema de la lección, pero recuerdo que quería discutir los testimonios que los Jóvenes Adultos tenían sobre ese principio del evangelio entre todos. Así que contando los pocos asistentes puse las sillas en un círculo en el salón cultural de la capilla, donde se llevó a cabo la lección, y comencé la clase. Fiel a la costumbre de los Jóvenes Adultos, más y más se unieron a la clase justo después de que yo había comenzado y como tal el círculo terminó siendo un cuadrado que llegaba hasta el borde del salon para que cupieran todas las personas que habían asistido. La gente no se podía ver los unos a los otros, no se sentían cercanos o íntimo, y era difícil escuchar a las personas cuando compartían sus experiencias. Dejé esa clase sintiéndome decepcionada y que no había dado la lección de la manera que yo había querido. Sin embargo, esto me llevó a considerar diferentes arreglos de asientos que facilitan igualmente el impartir la historia en grupos grandes (como hacer semicírculos o formar grupos pequeños) y, más recientemente, quedarnos un tiempo meditando en silencio.

Una vez que todo el mundo está sentado y acomodado, por lo general doy una breve bienvenida en la que invito a la gente a compartir. Les advierto que no soy yo quien hablará, sino que estarán compartiendo y escribiendo notas y escribiendo respuestas personales a preguntas o actividades planeadas para el taller. Esto no sólo establece el tono, sino que también permite que la gente se prepare mentalmente para lograr el objetivo de la charla.

Ok, así que ya tenemos todos los preparativos cumplidos, ahora vamos a la cuestión de cómo cursar la siguiente hora. Y sí: si se le dio una hora de tiempo entonces necesitará ocupar toda la hora y no pasarse. A menudo, cuando la gente comienza a compartir, existe la tendencia a continuar y que la lección/charla permanezca estancada. Sin embargo, esta no es una reunión de compartir experiencias libremente o de testimonio. Todavía tiene que haber puntos de aprendizaje y progresión dentro del tiempo asignado. Todos sabemos que la próxima persona que tiene que hablar puede decidir que ahora es el momento de pasar los próximos veinte minutos contando a todos la historia de su vida; y aquí es donde lucho. A menudo es porque estos individuos sienten que no tienen oportunidades donde ser escuchado, no tienen un lugar para poder decir las cosas importantes que les suceden y que necesitan compartir. A veces es necesario dar a la gente un límite de tantos minutos o decir que no hay suficiente tiempo para compartir. Esto tiene que hacerse con amor. Me he retorcido en mi silla por ver cómo otros maestros han interrumpido a un compañero de aprendizaje, diciéndoles que es suficiente, o cuando levantan su mano simplemente dijeron «no». Esto deja a esa persona que salga de esa clase sintiéndose no querida, y que no hay un espacio para ella en ese lugar. Aquí es donde como instructor de la charla usted necesita estar al tanto de cada uno. No hay una regla universal que pueda dar, pero algunas cosas que he encontrado que funcionan bien para mí, por ejemplo empezar recordándoles que disponemos de un breve período de tiempo cuando les invitamos a hablar. Esto les hace sentir que ustedes están interesados en lo que tienen que decir, pero entienden que están limitados por el tiempo. Si más tarde tiene que interrumpirlos debido a que se acabó el tiempo, no se sorprenderán. Normalmente resumiré sus puntos y luego invitaré a alguien más a la discusión. Recuerde a los participantes que son respetados como individuos y que sus contribuciones son válidas. Algunas personas pueden necesitar que se les ofrezca mantener una conversación privada después que termine la lección. Esto no es una carga que usted, como maestro, necesita tomar sobre sus hombros solo. Aunque reconozco que algunos no se sienten cómodos compartiendo un grupo formal, otros tienen pensamientos que quieren compartir pero no saben cuándo o cómo unirse a la discusión.   

Un punto que quiero enfatizar y resaltar es que usted debe decir gracias y ser respetuoso. Siempre hay que recordar que cuando la gente comparte, ellos se abren y se sienten vulnerables. A menudo en mi taller, «El Regalo de TI», la gente comparte algunos de sus experiencias más difíciles y dolorosas. Es de vital importancia que esto sea reconocido y respetado. Esto se puede lograr simplemente diciendo «gracias por compartir» (u otras palabras adecuadas) y hacer una breve pausa antes de pasar al siguiente tema.

Para resumir, aquí enumero algunos puntos para tomar nota:

  1. No tenga miedo al silencio y a las pausas. La gente necesita tiempo para pensar y procesar lo que se dice.
  2. Las preguntas deben ser abiertas, y sin una respuesta «correcta» que usted tenga programada.
  3. Nunca impartirá todo lo que planeó, y eso está bien. Si la lección/taller se encamina por una cierta dirección, es claramente donde los participantes necesitan que vaya.
  4. Escuche con su corazón, sin tratar de formular una respuesta mientras alguien está hablando.
  5. Agradezca a las personas por abrirse y compartir.

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