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Cómo la homofobia y la transfobia distorsionan el Evangelio

John Gustav Wrathall – Presidente Internacional de Afirmación Mormones LGBT Familias y Amigos

Por: John Gustav-Wrathall

Traducción: Isra Flores Alvarez

 

 

Un gran número de mormones LGBT han mostrado su descontento con la Iglesia SUD, y generalmente, la mayoría de ellos no se reconectan con ningún tipo de religión después de haber dejado el mormonismo. Muchos de estos individuos están tan traumatizados por su experiencia en la Iglesia, que cualquier contacto con ella, por muy benigno que sea, puede desencadenar emociones difíciles y un intenso dolor.

Mientras que muchos miembros de la Iglesia encuentran paz, consuelo, aliento y afirmación en la doctrina SUD, para las personas que han experimentado este tipo de trauma, palabras como Dios, fe y arrepentimiento contienen un matiz de condena, rechazado e invalida buenas asociaciones. Dios es visto como un juez sin misericordia, la fe es algo que nos dicen constantemente que nos falta. El arrepentimiento se asocia con el sentimiento de nunca ser lo suficientemente bueno, o con la aceptación de un estado inferior perpetuo. Esto es parte del fruto de la homofobia y transfobia en nuestra cultura religiosa.

Cuando los líderes de la Iglesia exigen arrepentimiento por algo que es un atributo fundamental de lo que somos, distorsiona el significado fundamental de dicho principio. El arrepentimiento es una acción que tomamos para corregir un error que hemos cometido. Nos arrepentimos por causar daño a otros o por haber observado algún comportamiento que muestre ingratitud ante la generosidad de Dios hacia nosotros, el arrepentimiento consiste en vivir más profundamente el camino de la compasión de Cristo. No se trata de cambiar o “superar” algún aspecto fundamental de nuestras naturalezas creadas. Dios es retratado en las Escrituras como alguien que no observa la menor tolerancia por el pecado. Así que, si se les enseñara a asociar un aspecto fundamental de quien ustedes son, con el pecado, adquirirán una visión de Dios como un ser que nunca los aceptará.

La palabra más común en el Nuevo Testamento en lengua griega que traducimos como “fe” también significa “confianza”. Cuando aprendí esto, transformó dramáticamente mi comprensión de la naturaleza de la fe. La fe en Dios no consiste en creer en su existencia, sino en confiar en Él. Nuestra capacidad para practicar la fe se enseña en todas las relaciones de confianza, y los primeros maestros de fe que tenemos son nuestra familia y los líderes de la Iglesia. Cuando nuestra familia nos rechaza simplemente por haber descubierto que somos homosexuales, lesbianas, bi o trans, o cuando los líderes de la Iglesia nos prometen que nuestra orientación sexual o nuestra identidad de género interna cambiarán solo si tenemos suficiente fe, el rechazo y las promesas fallidas rompen nuestra confianza y nuestra capacidad de ejercer la fe en Dios.

La enseñanza bíblica sobre el carácter de Dios, sobre la fe y el arrepentimiento es liberadora y poderosa. El problema para las personas LGBT no son las doctrinas en sí mismas, sino las enseñanzas incorrectas sobre nuestra naturaleza, sobre la naturaleza de nuestra sexualidad o de nuestra identidad de género. Las enseñanzas homofóbicas y transfóbicas han confundido el mensaje del Evangelio. Las aplicaciones del Evangelio que fluyen de dichas enseñanzas, en lugar de elevarnos, nos dejan sintiéndonos rotos, rechazados y perpetuamente indignos.

El daño se agrava cuando los individuos LGBT pierden la fe y abandonan la Iglesia debido a la manera en que el Evangelio ha sido mal aplicado en sus vidas, y luego se les acusa de falta de fe o desobediencia por irse. Se convierte en un círculo vicioso. Tampoco ayuda argumentar que la orientación sexual de uno, o su identidad de género, no son aspectos centrales de lo que somos. Sugerir que la identidad LGBT no es real o no es válida, y acusar a los individuos que la experimentan, como un aspecto central de sí mismos, de falta de fe: éstas son reacciones comunes de los miembros y líderes de la Iglesia que aumentan el daño. Hay muchas conductas en la Iglesia que están motivadas por la homofobia y la transfobia que son innecesariamente crueles e insensibles. Por ejemplo, una conocida mormona lesbiana encontró una nota en el parabrisas de su coche después de los servicios de la Iglesia, diciéndole que debía ir a algún otro lugar donde los estándares de moralidad fueran “más bajos”. Ese tipo de comportamiento es uno de los delitos contra los que Alma advirtió cuando le dijo a Coriantón: “Porque al observar ellos tu conducta, no quisieron creer en mis palabras” (Alma 39:11).

Cuando la fe o la confianza se han roto de esta manera, ¿cómo recuperamos la verdadera fe en Dios? ¿Cómo reclamamos los poderosos principios de fe y arrepentimiento?

Para muchos de nosotros —quizás para la mayoría—  se tiene que pulsar algún tipo de botón de reinicio. En mi caso, me separé de la Iglesia SUD durante 19 años. Necesitaba ese tiempo para explorar mi relación con Dios a mi manera, y en ambientes que me afirmaban como un hombre bueno y completo. Tenía que ser libre para cometer errores. Por ejemplo, tuve que aprender a través de la dura experiencia, que sólo porque mi orientación sexual no sea un pecado, no significa que no hay tal cosa como el pecado. Tuve que aprender por medio de la prueba y error lo que es pecado y lo que no es, y cuándo el arrepentimiento es necesario. Cuando empecé a experimentar la necesidad de la gracia en mi vida, redescubrí a Jesucristo como mi salvador. Una vez que ya no tenía falsas expectativas de que la fe en Jesús me haría heterosexual, su expiación por mí adquirió una nueva vida y significado. Una vez que reconstruí una relación con Dios que se basaba en principios correctos, abrió mi corazón y mi alma, me permitió confiar de nuevo en Dios de todo corazón, y me dio la gracia, la paz y la nueva vida que son los frutos naturales Del Evangelio.

Muchos individuos LGBT nunca volverán a la Iglesia. La profundidad y la naturaleza del trauma que sufrieron dentro de ella, la intensidad del rechazo que experimentaron por parte de su familia, los miembros de la Iglesia y los líderes han hecho imposible que ellos confíen en ese ambiente de nuevo.

Será imposible para nosotros tener una relación significativa con Dios, sino hasta el momento fundamental en el que comencemos a creer y a aceptarnos a nosotros mismos. Así que lo más importante que podemos hacer para reparar el daño causado por las distorsiones de la homofobia y la transfobia es tranquilizar a las personas que son buenas, completas y perfectas como son. También es imposible tener una relación significativa con Dios, si nuestra libertad individual no es vigorosamente defendida y respetada. Ninguna opción es significativa a menos que sea libre. Cada elección que hace un individuo es sagrada.

Cuando afirmamos incondicionalmente la dignidad y el valor de cada alma, y ​​cuando honramos su potencial sin ataduras, estamos comenzando a vivir el evangelio en el sentido puro que Miqueas describió cuando preguntó: “Lo que pide Jehová de ti: Solamente hacer justicia, amar la misericordia y humillarte para andar con tu Dios”(Miqueas 6:8).

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