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Dios está de nuestro lado

Discurso dado por Julieta Troncoso en la Conferencia «Vivir en Armonía», noviembre de 2014

Buenos días, el día de hoy me siento muy agradecida con los organizadores de Afirmación por darme la oportunidad de estar hoy aquí con ustedes, compartiendo mi experiencia y testimonio, lo que es ser homosexual y miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Recuerdo la primera vez que tuve contacto con la Iglesia: mi mamá había estado hablando con los misioneros y había decidió bautizarse, en ese momento yo tenía 14 años y un criterio no muy amplio así que lo rechacé, el día de su bautismo ella me pidió que estuviera allí, al final de cuentas era algo importante para ella y estuve ahí, al momento de entrar a la capilla sentí que el cuerpo se me estremeció, como cuando sabes que algo está bien, que es correcto, desde ese momento supe que había encontrado algo que siempre busqué sin ni siquiera saberlo.

Siempre he defendido mi posición como homosexual ya que desde temprana edad lo identifiqué y temí como la mayoría, cuando empecé a hablar con los élderes aún no le confesaba al mundo mi homosexualidad, es algo que uno sabe pero no sabe cómo manejar ante una sociedad que te juzga y te señala sin conocerte, pero yo sabía que eso no era todo lo que me definía y que no era malo, así que pensé ¿porque no dejar a Dios entrar así en mi vida, si Él ya me había tocado la puerta?

Tomé la decisión y pedí una prueba y se me concedió, me bauticé y desde ese día dediqué gran parte de mi vida a la obra del Señor, recuerdo que tuve suerte, mi obispo era una persona de amplio criterio y a pesar de que él siempre supo sobre mis preferencias, jamás tuvo un pero conmigo, siempre me apoyó y me dio la confianza para hablar con mi familia sobre lo que yo sentía y al final lo feliz que me hacía ser así, porque es el modo en el que soy y me amo así, tal como sé que Dios me ama también.

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Pero aún estaba la otra parte, la parte de ser miembro y que la doctrina de la Iglesia rechazara tajantemente ese hecho, era difícil entenderlo, mis actos estaban encaminados a lo bueno, al amor y la armonía, a mostrarle a las personas la obra de Dios y animarlas a creer, compartir la felicidad infinita que me daba estar ahí y sentir el espíritu en mí y aun así ser juzgada como algo malo, ¿cómo podía ser malo amar a alguien solo por ser de mí mismo sexo?

Poco después de eso hablé con mi familia sobre cómo me sentía y lo que era para mí amar a una mujer, ¿Por qué es malo amarla? Para mi buena fortuna mi familia me apoyó y me dijeron algo que hasta el día de hoy resuena en mi cabeza: “Así te conocimos y así te amamos”. Sentí gozo y felicidad, era tan simple como eso, como el amor prevaleciendo más allá de todo, si ellos me amaban así, porque nuestro Padre Celestial no lo haría?

Tiempo después tuve otro obispo que me juzgó fuerte por ese hecho, y que me dijo que yo estaba mal, yo pensaba ¿Cómo puedo estar mal si lo único que he hecho es dar amor y apoyar la obra del Señor?, en ese momento entré a estudiar la preparatoria en el Benemérito de las Américas, estar allí reafirmó mi fe en el Señor y en la Iglesia, mi testimonio crecía pero continuaba la misma problemática, no importaba qué tan buenos o fuertes fueran mis actos, solo había una cosa que me definía ante sus ojos: mi homosexualidad.

Recuerdo que no sabía cómo lidiar con algo así y constantemente le pedía ayuda a Dios para poder mostrarle al mundo que lo único que deseaba era dar amor, luchar por buenas causas y mantener mi fe y testimonio sin dejar que nadie me hiciera sentir que estaba mal ser quien yo era. Tuve muchos momentos de aflicción y dudas pero solo dos cosas estaban claras: mi fe en el Señor y el amor que tengo por ser quien soy y como soy. Una ocasión leyendo las escrituras, una en específico llamó mi atención: “Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre alma viviente.” (Gen. 2:7)

En ese momento pensé: “Es tan simple como eso, Dios me hizo y Dios no se equivoca, si mis actos están dirigidos a algo bueno, Dios está orgulloso de mí”. Más adelante me encontré con mi primer obispo en la calle y fue gracioso porque al verme me abrazó y me dijo: “estás muy guapo”. Fue cuando supe que él entendía la naturaleza de mi ser y de mi obra, sabía que una cosa así no podía definirme, me miró y citó Mateo 22:39 “Y el segundo es semejante a éste: a Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Me miró y me dijo: “no importa el género del prójimo, ámale”.

Comprendí que nunca podría hacer entender a nadie mi sentir, entendí que la relación que tengo con Dios es sólo mía y que se siente bien, sé que Él me ha acompañado en cada paso de mi vida, tanto como en los momentos de felicidad como en los de aflicción, sé que me escucha cada vez que oro, cada vez que tengo algo que contarle, agradecerle o pedirle, sé que mi Padre Celestial me ama sin importar los dichos de los hombres o las deformaciones que han hecho a su palabra, sé que la verdad universal es el amor.

Es gracioso porque después de este encuentro, hablé con un amigo que me habló de Afirmación y me invitaba a compartir mi testimonio, me llené de felicidad porque sabía que era una señal de Dios, sabía que Él siempre encontraría el modo de decirme “adelante, yo te amo” y pues ahora estoy aquí, feliz de poder compartirles mi experiencia e invitarles a que no teman, si sus actos están dirigidos a lo bueno, a algo superior lleno de amor, solidaridad y bondad, si su intención es amar al prójimo, no importa nada, no importan los juicios ni las críticas, la luz y la fuerza del Padre nos acompañará siempre.

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Estoy orgullosa de ser quien soy y como soy, de haber encontrado al Padre en mi vida y que Él sea una parte importante de mí, le agradezco la oportunidad que me da de poder amar a alguien y ser amada sin temer, al final de cuentas, el amor no puede ser malo. Les comparto mi testimonio incitándolos nuevamente a que crean y no teman, Dios está de nuestro lado.

 

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