Dios me acepta como soy…?

Diego BastidasPor Diego Bastidas

Vivir desde la aceptación del otro fue un esquema que marcó mi vida durante mucho tiempo y me llevó a recorrer varios senderos, entre ellos el sendero religioso como una búsqueda incansable de aprobación de mis sentimientos y actos.

Crecí en un contexto religioso enmarcado por la culpa y la idea fija de un Dios castigador y premiador, la concepción de la misericordia era un texto rígido y poco funcional para lo que en ese entonces comenzaba a experimentar en mi vida. Conocí la Iglesia en el momento más adecuado, durante mi adolescencia, el periodo de las preguntas existenciales que en un principio fueron respondidas. Me sentí aceptado, querido, valorado. El solo concepto histórico de que mi Señor Jesús había venido a América me apasionaba y llenaba mi corazón de gozo. También conocer a los misioneros, personas que dejaban sus casa solo para trasmitir ese mensaje de amor de Nuestro Padre Celestial era maravilloso y encajaba como un pieza fundamental en lo que yo creía era mi rompecabezas de vida. Sumado a esto el conocer nuevas personas que estaban convencidas del amor de Dios y del romanticismo de la eternidad (amistad, amor, familia), se convirtió en un paraíso terrenal que me brindaba protección y cariño.

Siempre supe que era especial y distinto. Desde muy temprana edad experimenté gustos, habilidades y dones poco comunes dentro de la construcción social del género; es decir, no hacía cosas que habitualmente los niños hacían, como los juegos y mis gustos eran totalmente opuestos al general de mis pares masculinos. Y por esta causa en muchas ocasiones era ridiculizado y expuesto de maneras abusivas por mis compañeros de colegio o personas de mi barrio; esto ocasionaba conflicto en mis padres quienes por un lado mi madre, un ser amoroso representando la versión del Dios de amor que necesitaba en mi vida, y por el otro lado mi padre el ser rígido, parco y recto e inflexible, muy parecido al Dios que dibujaban los líderes en la Iglesia.

Me encontraba en un callejón sin salida ya que me sentía como el detonador de la mayoría de conflictos que se presentaban en mi familia, algo así como el personaje antagónico de una novela. Fue en ese contexto que la Iglesia jugó un papel importante en mi vida ya que generó ciertas garantías a mis padres en cuanto a su leves sospechas sobre mi orientación sexual. Fue asombroso ver la cara de mis padres cuando yo les hablaba del matrimonio eterno y la importancia que tenía para mi proyecto de vida el encontrar una esposa y formar una familia, casi podía percibir y entender a través de sus gestos y miradas las palabras: «Nuestro hijo es normal, ¡esta Iglesia ha enderezado la vida de Diego, ahora sí podemos ser felices!»

Esta situación reforzaba más la idea de que yo era el problema, de que Dios me odiaba y que jamás podía ser merecedor de Su amor, si no cambiaba mi manera de sentir.

Para esa época empecé a experimentar reacciones, emociones y sentimientos hermosos hacia un compañero de clase que me provocaba descargas eléctricas en los contactos inocentes que teníamos, se estaba activando mi biología, y todos mis circuitos y conexiones cerebrales apuntaban cada vez más seguido al placer motivados y detonados por este chico.

Así se completó el rompecabezas. Este era yo.

Pero mi contexto religioso, desarticulaba y desarmaba nuevamente el rompecabezas de mi vida. Cuando me hablaban del amor de Dios y de sus mandamientos, que obviamente no encajaban con lo que yo estaba sintiendo en ese momento, entonces surgía de manera reiterativa e imperante la idea: «Si Dios es amor y esto que siento no es amor por que va en contra de lo que supuestamente Dios quiere para mi entonces yo tengo que luchar contra esto para estar más cerca de Dios».

Así comenzó, en mi mente y mi ser, la guerra más cruel y violenta en contra de mí mismo. Comencé a vivir mi propia «cruzada», cuyo objetivo era acabar con esa parte de mí que me alejaba de Dios. Cada batalla perdida sumaba ingredientes de odio, minaba mi autoestima y daba cabida a un sentimiento de autodestrucción enmarcado en conductas cada vez más agresivas y lesivas para mi vida que me llevaban a círculos de reproche y culpa entonces llega un día en que mi derrota ya es un hecho tras mil intentos de “cambiar” comienzo a experimentar “el dolor de vivir” ya no hay salida, el camino se obscurece y deseo solo morir.

Afortunadamente dentro de mis memorias recuerdo haber escuchado a mi madre decir que Dios es un Padre de amor y que como Padre jamás rechazaría a un hijo suyo. Entonces es aquí cuando me levanté y reclamé mi derecho como hijo, «si de verdad soy tu hijo, ayúdame».

Después de esta oración comencé a experimentar episodios de amor trasmitido a través de muchas personas y eventos que podría denominar como milagrosos y ¡eureka! Dios estuvo siempre a mi lado, nunca me abandonó, solo quería que volteara mi mirada hacia Él para poder mostrarme su dulce amor y trasmitirme lo mucho que me ama. Él me acepta, está conmigo y apoya mis proyectos. Siempre estuvo en mi corazón, aguardando el momento adecuado para darme su amor, que yo, y solo yo, había abandonado.

La tempestad pasó, lejos a mil doctrinas de hombres que han tergiversado y escondido el verdadero sentido del amor de Dios en mi vida está aquí y lo siento, me ama y sigue a mi lado esto es maravilloso.

Conocer Afirmación hace parte del ramillete de bendiciones que mi Padre Celestial me ha dado, el poder compartir con mis hermanos similitudes, experiencias comunes, gustos y afinidades hacen que cada vez se extinga en mí la culpa por que es una manera más de experimentar la presencia y el amor de Dios como ese padre protector y amoroso, gracias por hacer parte de mi vida

Soy Diego

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