El amor transformador

Esta entrada también está disponible en: Inglés Portugués, Brasil

John Gustav-Wrathall

John Gustav-Wrathall

Por John Gustav-Wrathall

Este discurso fue dado en el último día de la Cuarta Conferencia de Afirmación Argentina en el devocional del domingo 27 de mayo de 2018.

Hace poco le pedí a un amigo musulmán de decirme qué significaba para él su fe. Le pregunté: «¿Qué es lo que más te gusta del Islam?»

Me dijo que lo que más le gusta del Islam es que lo llena de paz. Lo hace sentir seguro al darle claridad sobre el significado de la vida. Le enseña amabilidad, compasión y tolerancia. Le enseña que debemos tratar a todos los seres humanos con amor. Y luego dijo: «Y, sobre todo, me permite sentirme cerca de Dios».

Mi amigo y yo hemos tenido muchas conversaciones sobre lo que significa ser gay. Él es gay y musulmán. Aunque la religión del Islam lo hace sentir seguro, en el país donde vive, un país islámico, no se siente seguro como homosexual. En el país donde vive, ser homosexual es un crimen. El año pasado, sus amigos estaban teniendo una conversación sobre la homosexualidad y, al no darse cuenta de que era homosexual, todos estaban de acuerdo en que cualquiera que se sabía que era gay merecía estar muerto. A los homosexuales no se les debe permitir vivir.

Mi amigo hizo muchas preguntas sobre cómo fue para mí crecer gay y mormón. Él me preguntó: «¿Cómo lidiaste con ser gay cuando eras joven?» Le dije: «No me sentía bien con ser gay. Sentí vergüenza por ser gay y le pedí a Dios que me cambiara. Pospuse lidiar con mi homosexualidad porque creí que Dios me cambiaría. Cuando finalmente me di cuenta de que no iba a cambiar, se convirtió en una crisis para mí». Le conté la historia de cómo casi me quité la vida al final de mi tercer año en la universidad.

Él me contó una historia inquietantemente familiar. Dijo que subió al techo de su casa y rezó a Dios. Él suplicó, «¿Por qué soy así? ¿Por qué no podrías hacerme diferente?». Dijo que a medida que pasaba el tiempo, especialmente cuando escuchaba a sus amigos hablar sobre cómo los homosexuales debían ser asesinados, comenzó a hundirse en una tristeza cada vez más y más profunda. Esta tristeza empeoró hasta que dominó su mente, su corazón y su alma. Describió su tristeza como «letal». Dijo que si esta tristeza hubiera continuado sin control, lo habría matado. ¿Cuántos de nosotros en esta sala, cuántos de los hijos LGBTQ de Dios en todo el mundo, podríamos contar la misma historia, de una tristeza y una vergüenza que amenazan con extinguirnos?

Gracias a Dios, no dejó que la tristeza lo mate. En cambio, recurrió al internet. Es muy posible que una de las muchas razones por las que Dios le dio internet a la humanidad sea como una tierna misericordia para sus hijos LGBTQ. Porque creo que internet ha salvado innumerables vidas LGBTQ. ¿Cuántos jóvenes LGBTQ en todo el mundo se han sentido desesperados y han entrado a internet y han escrito términos de búsqueda en Google como «trans y mormón» o «lesbiana y evangélica» o «queer y judío ortodoxo» o «gay y musulmán»? Y cuántas veces los ha llevado a encontrar respuestas y conexiones que literalmente salvaron sus vidas. Mi amigo musulmán me encontró en internet, y vio que yo era un mormón gay, y se acercó a mí. Nos hicimos amigos. Y él me dijo que nuestra amistad había transformado su vida. Le pregunté: «¿Te sientes solo, al no poder hablar con tu familia o con alguno de tus amigos sobre la homosexualidad?» Él respondió: «Me sentía solo. Pero no desde que te conocí. Ahora me siento tan feliz». ¡Seguramente Dios nos dio internet para permitir este tipo de conexión humana que literalmente puede salvarnos!

Pero quiero volver a lo que mi amigo me dijo cuando le pregunté qué amaba sobre el Islam. Primero quiero decir que todas las cosas que él ama sobre su religión, el Islam, también son todas las cosas que amo yo de mi religión, el mormonismo. Mi religión me llena de paz. Me da una sensación de claridad sobre quién soy y cuál es mi propósito en la vida. Me enseña bondad, compasión, paciencia y humildad y me enseña a servir a los demás. Me enseña que el atributo divino más importante es el amor. Y, sobre todo, me permite sentirme cerca de Dios. Al hablar con mi amigo, he aprendido que ese amor puede trascender todos los límites, incluidas las divisiones y los odios que pueden hacer de este mundo un infierno, como el odio entre musulmanes y cristianos. ¿No es un don divino que puedo mirar a los ojos de un amigo musulmán, y ver mi propia divinidad como un hijo de Dios reflejado en sus ojos?

Algunos dirían: «El Islam enseña el odio hacia las personas LGBTQ». Así como algunos dirían, «el mormonismo enseña el odio hacia las personas LGBTQ». Mi amigo no lo ve de esa manera, y yo tampoco. Lo rechazo por completo. Yo rechazo totalmente el odio como una perversión de toda religión verdadera. Lo rechazo porque conozco la naturaleza de Dios desde una relación personal con él. Sé que el camino de Dios es la paz y el amor, y eso me ha permitido distinguir entre todo lo que es de Dios en nuestra cultura y todo lo que no es de Dios. Como uno de nuestros hermosos himnos nos enseña:

Haz el bien, cuando tomes decisiones,
el Espíritu te guiará.
Y Su luz, si hacer el bien escoges,
En tu vida siempre brillará.

Hay un principio espiritual básico. Este principio está capturado en el Evangelio de Felipe:

No es posible que nadie vea nada de las cosas que realmente existen a menos que se vuelva como ellos. Este no es el camino con el hombre en el mundo: él ve el sol sin ser un sol; y él ve el cielo y la tierra y todas las demás cosas, pero él no es estas cosas. Esto está bastante de acuerdo con la verdad. Pero viste algo de [el reino de los Cielos] y te convertiste en esas cosas. Viste el espíritu, te convertiste en espíritu. Viste a Cristo, te convertiste en Cristo. Viste al Padre, te convertirás en el Padre. Entonces en [el mundo] ves todo y no te ves a ti mismo, pero en [el reino de los Cielos] te ves a ti mismo, y lo que ves te convertirá. (El Evangelio de Felipe 61: 20-35)

En el mormonismo comprendemos este principio, que si deseamos ver el rostro de Dios, primero tenemos que llegar a ser como Dios. Tenemos que emularlo. ¿Y cómo podemos emular a Dios? Jesucristo nos enseñó esto en una conversación con Felipe:

Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta.

Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…

…el Padre que mora en mí, él hace las obras [que me han visto hacer].

…El que en mí cree, las obras que yo hago él también las hará; y aun mayores que estas hará, porque yo voy al Padre.

Tenemos el ejemplo perfecto de cómo podemos tener una comunión perfecta con Dios en la vida de Jesucristo. Si queremos ver al Padre y regresar a su presencia, todo lo que tenemos que hacer es seguir el ejemplo de Jesucristo.

¿Y cuáles fueron las obras que hizo Cristo, cuáles fueron las obras del Padre que lo envió? Es liberar a los prisioneros. Es levantar las cargas de los cansados. Es sanar a los enfermos y a los quebrantados de corazón. Es amarnos el uno al otro.

Este es el verdadero trabajo de la Iglesia de Jesucristo. No dejen que nadie les disuada de esto ni les haga creer nada más.

También es el trabajo de Afirmación. Quiero volver a leer la declaración que Ezequiel nos leyó ayer por Matt Price, uno de los fundadores de Afirmación:

No olviden la obra del Espíritu. No quiero parecer demasiado dependiente de alguna influencia ‘misteriosa’ sobre cómo se hace el trabajo de Afirmación, pero existe una necesidad real de la oración y reflexión sobre lo que estamos haciendo — acudiendo a nuestro Padre Celestial y el uno al otro. Creemos firmemente que Afirmación ya tenía un lugar en el plan de nuestro Padre Celestial y de Su Reino, y que el Espíritu Santo está con nosotros, como individuos y como un grupo de Sus hijos, que nos guía en lo que estamos tratando de lograr. Su Espíritu se refleja más en nosotros cuando estamos trabajando por nuestras metas, siempre atentos a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas, a las de nosotros mismos, y cuando el trabajo de nuestro Salvador está en nuestras vidas y en nuestros corazones

Los propósitos de Afirmación se cumplen si permanecemos unidos como personas LGBTQ, si permanecemos fieles el uno al otro. Mientras el propósito de la organización permanezca para proporcionar seguridad y un espacio para el aprendizaje de los mormones y antiguos mormones LGBTQ, cumpliremos el plan de Dios para nosotros. Independientemente de lo que creamos o no creamos, hay mucho espacio para que el Espíritu Santo haga toda su obra entre nosotros mientras permanezcamos comprometidos con los principios del conocimiento, del autoconocimiento y del amor.

Quiero compartir con ustedes mi testimonio de que Dios es real y que Jesucristo es su hijo. Jesucristo nos ha mostrado la verdadera naturaleza de Dios a través de la Expiación, mostrándonos que el Amor de Dios está dispuesto a sacrificar su vida por nosotros antes de permitirnos sufrir o morir; y que el amor de Dios puede vencer todo pecado, odio y muerte en el mundo. Quiero compartir mi testimonio de que el Evangelio es verdadero, y que el propósito de la Iglesia es enseñarnos a amarnos unos a otros de manera más perfecta y verdadera. Y testifico que nuestro amor por los demás y por nuestros hermanos y hermanas heterosexuales puede superar cualquier malentendido u odio que tengamos que enfrentar en el mundo.

Los quiero tantísimo a todos. Quiero que sepan que rezo diariamente por ustedes. Anhelo que aprendamos y practiquemos este principio de amor incondicional que puede enseñarnos a entregarnos el uno al otro, a ponernos los unos a los otros primero y nunca abandonar a los otros.

El amor es la fuerza curativa más poderosa del mundo. Puede sanarnos independientemente de nuestra nación, lengua o credo, ya sean musulmanes, cristianos, mormones, Testigos de Jehovah, budistas, judíos, paganos o ateos. A medida que lo practiquemos, sentiremos que su poder sanador transforma nuestros propios corazones, y podemos ser testigos de cómo transforma los corazones de los demás, como lo he visto en mi corazón y en el corazón de mis amigos y hermanos, tanto en la Iglesia como fuera de la Iglesia.

Dejo este testimonio con ustedes en el nombre de nuestro amado Salvador, Jesucristo.

Amén.

Deje su comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*