Blog, Rostros de Afirmación

Encontrando la paz espiritual a través de la transición

Escrito por: Emmett Michael Claren

Traducido por: David Mans

Introducción:

He transicionado por más de un año, ahora. Cielos, si me hubiera escuchado a mí mismo decir ese en mayo del 2015, me habría puesto a llorar. Nunca lo hubiera creído.
Mi transición salvó mi vida, y quiero decir en el sentido más literal. Recuerdo cuando desperté de la cirugía el siete de abril del 2016. Las mamas en mi pecho finalmente se habían ido. Miré hacia abajo cuando la enfermera me acomodaba las vendas y vi parte de mi nuevo pecho plano. Estaba de la forma que deseaba desde que era un niño. Inmediatamente las lágrimas se derramaron en mis mejillas, mientras lloraba de pura alegría y gratitud. «Estoy plano. Estoy plano. No hay más bultos. Estoy plano», repetía.

Esto fue grabado con la cámara y en cualquier momento que me sentía desanimado lo miraba para recordar cuan bendecido soy de estar donde ahora estoy en mi transición. Ya no me tengo que esconder. Ya no tengo que esconder mis pechos cruzando los brazos. Finalmente estoy viendo mi verdadero yo en el espejo y me siento más que feliz.

 

Comentarios compartidos por Emmett en la Conferencia de Afirmación Internacional del 2016, durante el devocional de la mañana del domingo. Para ver el video del evento, visitar esta página.

Hace unos cinco meses atrás, Wendy Montgomery —hermosa, dulce Wendy— me contactó y me preguntó si estaría dispuesto a hablar en esta Conferencia de Afirmación, y no puedo decirles cuán humilde y aterrado me sentí. Había asistido a mi primer Conferencia de Afirmación el año pasado. Me sentía profundamente inseguro con esto. De todos modos me siento tan privilegiado de poder hablarles hoy. Voy a hablar desde mi corazón, y sé que mis palabras tocarán los corazones de muchos de ustedes. No porque soy un gran orador ni nada por el estilo, sino porque he sentido el Espíritu aquí con nosotros este fin de semana, y sé que el Espíritu les hablará a sus corazones, y sus mentes se abrirán a su influencia.

Me pidieron hablar acerca de encontrar la paz espiritual a través de la transición. Si ustedes saben algo de mí, ustedes saben que no siempre he estado en paz. Voy a volver en el tiempo unos años atrás. Halloween siempre fue mi parte favorita del año, porque podía ponerme las ropas de mi hermano y pintarme un bigote en mi cara y a nadie le parecería extraño. El primer año que lo hice fue cuando tenía cinco o seis años. Pero empezó a parecerles extraño a las personas cuando quise hacerlo cada año, entonces traté de complacerlos siendo la Señorita Piggy, y luego una bruja, y entonces dije que ya era suficiente y fui a la escuela con un disfraz de calabaza. Una calabaza muy andrógina.

Cuando me fui haciendo mayor, la pubertad me golpeó fuerte. Mi cuerpo estaba cambiando y formas que tomaba se sentían tan equivocadas para mí. Amo ir de paseo escuchando música, soñando despierto, mientas camino. Empecé a hacer esto cuando tenía unos doce. Y donde crecí —me crié en Wisconsin—, había un campo de fútbol detrás de mi casa. Iba allí casi cada día. Me acostaba en medio del campo de fútbol y miraba al cielo, y le rogaba a Dios que me golpeara con un rayo o algo parecido, y simplemente me cambiara. Que cambiara mi cuerpo. Cada día hacía esto. Y también, cada noche por meses, me sentaba o arrodillaba al lado de la ventana de mi cuarto abierta de par en par, me helaba el aire frío que entraba, pero miraba la luna y le pedía a Dios. «Por favor, cuando me levante en la mañana, cámbiame a un chico. Tengo fe. Creo en ti y sé que puedes hacer todas las cosas. Obedeceré tus mandamientos. Haré mi mejor esfuerzo por tener una buena vida. Dejaré de robar caramelos de la cocina y esconder la evidencia en el armario de mi hermano.» Trataba de hacer esos tratos con el Señor. Porque yo sabía quién era yo. Entonces, oraba y permanecía despierto, a veces hasta las tres de la mañana, llorando. Entonces me iba a dormir. Y me levantaba excitado y anticipando esa transformación que habría ocurrido y… nada había cambiado. Años han pasado y todavía oro para ser transformado. Me deprimí y traté de quitarme la vida cuando tenía catorce años. Tres años más tarde, cuando tenía diecisiete, les dije a mis padres que era gay. Yo no sabía que era transgénero en ese momento. Sabía que me gustaban las mujeres. Pero también sabía que me sentía como un chico atrapado en el cuerpo de una mujer, pero no había escuchado el término «transgénero» hasta un año después. Tenía un amigo que estaba transicionando a mujer y cuando ella me explicó cómo se sentía, como una chica atrapada en el cuerpo de un chico, algo hizo click. Empezó a tener sentido. Yo estaba empezando a darme cuenta que era transgénero en el tiempo que me estaba preparándo para hacer una misión de tiempo completo para el Señor y para la Iglesia. Unos meses antes que me fuera, lo hablé brevemente con mis padres, que no lo recibieron muy bien, como pueden imaginar. Entonces, metí todos estos sentimientos en una caja y lo puse lejos de mí. Pretendimos que esa conversación nunca sucedió. Y entonces me fui a la misión. Y fui a uno de los más exóticos lugares que pueden imaginar. Salt Lake City, Utah. Para ser honestos, estaba viviendo en Nebraska cuando recibí el llamamiento y cuando has crecido como mormón en el medio oeste, Utah es considerado un país extranjero. Amé mi misión. Y la persona que me transformé por causa de ello. Y es por causa de la misión que tengo un testimonio y tengo ahora la relación que tengo con mi Padre Celestial. Que son cosas preciosas para mí.

Pero fue difícil. Y si tú has servido en una misión, sabes lo difícil que es enseñar y permanecer enfocado cuando todo lo que puedes pensar durante el estudio de compañeros es cuán hermosa se ve tu compañera. Sumando a eso, sentirse incómodo cada día porque tienes que ponerte un vestido, en lugar de un traje. Y en la placa dice «hermana». Y oraba tanto. Creo que esperaba que sirviendo con todo mi corazón mis sentimientos cambiarían. Que me sentiría cómodo en mi cuerpo. Más o menos a mitad de mi misión, le dije a mi presidente de misión acerca de sentirme atraído a las mujeres. También se lo dije a algunas de mis compañeras. Pero todavía mantenía el silencio acerca de mi experiencia siendo un espíritu masculino en un cuerpo femenino. Durante mis últimas seis semanas de misión, fui a terapia. Sugerido por la esposa del presidente. Y hablamos sobre mis sentimientos y cuál sería el próximo paso cuando volviera de la misión, lo que sería casarme con un hombre en el templo. Me sentía atormentado, como mínimo.

De este modo regresé a casa en marzo del 2015, y en abril me fui a la universidad de Brigham Young Idaho. E hice todo lo que se esperaba de mí. Me involucré en las actividades de la capilla. Actué en los musicales y compartí mi testimonio cada domingo de ayuno. Fui llamado para ser la primera consejera de la Sociedad de Socorro. Fui a incontables citas. Empecé a salir con un maestro de preparación misional. Casi terminé comprometido para casarme con ese maestro… Estaba haciendo cada cosa bien, siguiendo cada regla. Y estaba muriendo por dentro. Empecé a ver un terapeuta otra vez y algo simplemente se sentía fuera  de lugar. Como si algo no estuviera en su lugar correcto. Y eso fue cuando comencé a darme cuenta quién era. Empecé a orar para saber quién realmente era por dentro. Oré como cuando era un niño. Estaba orando y ayunando muchas veces en la semana en el Templo. Y recibí la confirmación que mi espíritu era masculino. Y que era transgénero. Y que estaba bien. Compartí este conocimiento con mi terapeuta y ella me dijo que si era la dirección por la que quería ir, entonces no me podía ayudar más y me dejó solo. Nunca realmente entendí qué se sentía experimentar completa desesperanza y vulnerabilidad hasta ese día.

Cuando empecé a asistir a la universidad Brigham Young Idaho, empecé a caminar cada noche. Con los auriculares en mis oídos, distraído. Orando. Caminaba hasta el Templo. Caminaba alrededor del campus. Alrededor de la ciudad. Empecé a caminar hacia las vías del tren en las partes más despobladas de Rexburg, sin importarme qué sucedería conmigo. Yo solamente quería que todo acabara. Estaba sintiéndome extremadamente suicida, pero tenía una convicción muy fuerte que debía mantenerme fiel a mí mismo. A mi espíritu. Y que necesitaba vivir.

Y después de mucha oración, fui a ver a mi obispo. Sabía de mi depresión. Le dije acerca de mi atracción a las mujeres. Y entonces le dije acerca que sentía que era transgénero. Me leyó el manual. Y me dijo: «Okey, por la próxima semana, quiero que seas tú mismo. Vístete de la manera que te sientas cómodo. Usa maquillaje, o no lo uses. Ven en una semana y hablemos de cómo te has sentido». Mi obispo era mayor, entonces no esperaba eso para nada. Pero la siguiente semana me vestí de manera más andrógina, y no usé nada de maquillaje. No me acomodé el cabello. Y traté de no usar los modales que me había sentido forzado a aprender; y fui, simplemente, yo. Y me sentí tan feliz. Por primera vez desde que podía recordar, estaba genuinamente feliz. Volví a ver a mi obispo después de esa semana y le dije cómo me había sentido y él dijo que esas cosas quedaban entre el Señor y yo. Poco después mi obispo y mi presidente de Estaca me bendijeron y me dijeron que sería guiado hacia lo que necesitaba hacer. Entonces empecé una amistad con otros mormones transgénero, especialmente Grayson Moore, quien se portó increíble conmigo porque, literalmente, pensé que era el único mormón transgénero en el planeta. Sabía en ese tiempo que era el momento de dejar la universidad de Brigham Young Idaho, y este último agosto me mudé a Utah. Y mi vida cambió completamente. Karen y Jeff Penman básicamente me adoptaron y me ayudaron cuando me quedé sin nada. Kathy Carlston y Berta Marquez me llevaron de compras para comprar mis primeras ropas de chico. También tuve un obispo que me apoyó de manera increíble. Ahora vivo en Orem y no ha sido fácil. Mi recomendación para el Templo fue dada de baja por mi presidente de estaca incluso antes de conocerme. Y luego de mi cirugía de pecho mi posición como miembro de la Iglesia fue puesta en duda. Pero he sido bendecido con un maravilloso obispo quién es amable y amoroso y quien me dio la bienvenida con los brazos abiertos. Hemos quedado de acuerdo que estaba bien si no asistía a la tercera reunión, por ahora. Pero he estado activo tanto como pude en mi barrio ahora. Y, en once días, se cumplirá un año desde que empecé mi transición física. Y soy más feliz de lo que he estado en toda mi vida.

Entonces, cuando me preguntan cómo puedo sentir paz cuando alguien trata de desanimarme, o veo los groseros comentarios en mi canal de YouTube o recibo mensajes llenos de odio, o incluso cuando siento la crítica por parte de otros miembros de mi barrio. Mi respuesta es simple: Sé que estoy en paz con el Señor. Él ha estado a mi lado toda mi vida. Nunca me ha abandonado y todavía me acompaña. Cada vez que dudo de la decisión que he hecho de transicionar, para equiparar mi cuerpo mortal con mi cuerpo espiritual, cada vez que dudo de mí mismo, o de quién soy, me vuelvo a mi Padre en los cielos. Quien ve todas las cosas desde el principio hasta el final. El evangelio es verdadero. Dios ama a todos Sus hijos, Él quiere que seamos felices. Él sabe cosas que nosotros no sabemos, y que no podemos saber. Y puede que nunca las sepamos en esta vida. Todos estamos transicionando. Cada uno aquí está transicionando en algún sentido. Y así como transicionamos de femenino a masculino, masculino a femenino, de críticos a aliados, de intolerantes a amar incondicionalmente; sé que la paz vendrá. Y viene por medio de la confianza en Dios. Confiar que, aún cuando las cosas no parecen tener sentido ahora, estamos en las manos de Dios y Él está vigilando por nosotros.

Voy a terminar con el primer y el último verso de un himno que empezó a tener un sentido más profundo en mi misión. Y mucho más ahora. Y los invito a pensar lo que Dios tiene preparado para nosotros. Qué clase de personas quiere Él que seamos. Qué clase de personas Él siempre supo que estábamos destinados a ser, porque Él realmente sabe acerca de cada uno de nosotros. «Quizás no tenga yo que cruzar montañas ni ancho mar; Quizás no sea a lucha cruel, que Cristo me quiera enviar. Mas si Él me llama a sendas que yo nunca caminé, confiando en Él, le diré: Señor, adónde me mandes iré. Habrá quizás algún lugar, en viñas de mi Señor, en donde pueda con fe servir a Cristo mi Salvador. Y siempre confiando en Su bondad, Sus dones recibiré. Alegre, haré Su voluntad, y lo que me mande, seré. Adónde me mandes iré, Señor, a montañas o islas del mar. Diré lo que quieras que diga, Señor, y lo que Tú quieras, seré».

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