Estar en un matrimonio de orientación mixta no es algo que yo hubiera elegido

Esta entrada también está disponible en: Inglés Portugués, Brasil

Kathy Spencer

Por Kerry Spencer

Este es un secreto: tanto mi esposo como yo somos gais.

El hecho de que esto sea un secreto para muchas personas ha sido menos sobre la vergüenza, ─aunque somos mormones, así que, sí, hay vergüenza─, que sobre una sensación de desconcierto acerca de esto, de lo que Dios piensa que debemos hacer en esta Tierra.

Estar en un matrimonio de orientación mixta no es algo que hubiera elegido a propósito.

Pero en nuestro mundo muy, muy mormón, ser gay nunca fue una opción. Era algo tan alejado de nuestro ámbito que nunca lo consideramos posible que al tiempo que nos aceptamos tal como éramos ya estábamos casados con hijos, nuestras vidas estaban tan unidas que ya no las podíamos separar.

Era demasiado tarde para plantearnos qué habíamos hecho.

Mis antepasados cruzaron las llanuras hacia Salt Lake City con bueyes y carros de mano; ser mormona es más que una religión para mí. Es quien soy.

Y el año pasado me senté en la oficina de mi obispo para hablar sobre dejar la Iglesia.

La habitación olía a mi infancia. Las paredes estaban tapizadas en arpillera, los pisos cubiertos con alfombras industriales, fotos de Jesús en la pared. El obispo intentó ser amable. Intenté entender mis razones.

«Yo solo…» Luché con las palabras y no luché por ellas al mismo tiempo. Todo lo que quería decir estaba justo debajo de la superficie, y lo había reprimido por reflejo, sabiendo que hay cosas que se supone que no debes admitir en voz alta. «Cumplir con los mandamientos…» dije, «hacer lo ‘correcto’ nos ha dolido. Nos ha dañado irreparablemente».

«No entiendo», dijo. «¿Cómo te puede hacer daño guardar los mandamientos? ¿No podrías explicarte un poco más?»

Había un sabor amargo en mi boca. Sentí que si hablaba, llenaría la habitación. ¿Cómo explicar lo que significa encontrarte en una posición que está absolutamente en conflicto con tu biología fundamental? ¿Cómo explicar lo que se siente al saber en tu corazón que no estás intrínsecamente equivocado? ¿Que tu existencia no es un error para ser resuelto en las eternidades?

Habré abierto y cerrado la boca un par de veces antes de volver a hablar. Sé que la habitación se sentía pequeña. Ahí estaba la cara del obispo, la calidez de la mano de mi esposo en la mía, y las cosas que sentía que no podía decir.

No recuerdo cuál fue mi respuesta. Sé que no le dije que no era heterosexual. No era de su incumbencia, pensé. O al menos, no era algo que quisiera que uno de mis líderes mormones supiera; Algunas lecciones están demasiado arraigadas.

El consuelo que obtuve de la mano de mi esposo pareció una contradicción extraña a la razón por la que nos encontramos en esa habitación.

Pero todo eso era una contradicción.

¿Por qué estabamos en este matrimonio? Debido a la Iglesia.

Ser mormones nos dañó más de lo que se puede expresar con palabras.

Y, sin embargo, nuestro matrimonio, problemático como era, nuestros hijos, tan atrapados en el medio como están, ambas cosas nos han traído alegría. La Iglesia nos ha traído alegría y nos ha traído un significado y nos ha destruido por completo.

La paradoja está en el fundamento de todo esto.

Aquí hay algo que aprendí de los mormones: la contradicción es la base de la mortalidad.

En el Jardín del Edén, había dos mandamientos: uno, no comer el fruto, dos, multiplicar y fructificar. Los mormones creen que no podrías haber hecho uno sin romper el otro. Toda la mortalidad, toda la «obra y la gloria de Dios» están, por lo tanto, fundadas en un doble vínculo: una ruptura tan antigua como la humanidad misma.

En otras palabras: fue un montaje desde el principio.

El día que nos casamos brilla en mi memoria con una suave luz alegre. Recuerdo las flores azules, y que sonreí tanto que me dolía la cara y sentí el profundo sentimiento de que estaba haciendo lo correcto.

Hubo un momento, justo antes de que entráramos en la sala de sellamiento del templo. Nos encontramos vestidos con la ropa de nuestro templo, uno frente al otro, esperando que nos llamaran al interior.

Las sillas en las que nos sentamos eran utilitarias, tapizadas con la misma tela áspera que se encuentra en los edificios de las iglesias mormonas en todas partes. Se sentó en un lado del pasillo, yo me senté en el otro.

Ambos nos miramos, y luego miré la señal de salida. «No es demasiado tarde para correr», fue el mensaje burlón que le envié cuando le sonreí.

Ambos reímos.

No deseábamos huir.

Esto estaba escrito en los cielos, pensamos.

Entonces él tomó mi mano, también.

La primera vez que supe de mi esposo no lo pude creer.

Las cosas eran difíciles entonces, por muchas razones. Él había sido despedido. Yo había sido sometida a una serie de cirugías contra el cáncer. Parecía el peor momento posible para tal revelación.

Recuerdo que me senté en el borde de la bañera y solo… miraba fijamente. Vi las grietas en el linóleo como si fueran metáforas. La habitación estaba fría, pero no lo sentí. Estaba como flotando en el limbo. No mucho antes, hubo un ladrón que irrumpió en nuestro sótano y robó tuberías de cobre, inundó la casa y causó daños por un valor de veinte mil dólares. Creo que ese fue el momento que llegué al punto de ruptura.

Y así fue. Porque ese día, sentada en esa habitación, estaba más allá de eso. Estaba flotando en el espacio irónico de todo, siendo solo… demasiado.

Pero cuanto más matrimonios de orientación mixta he visto, más me he dado cuenta de que el punto de ruptura suele ser así.

Hay cargas que puedes asumir y dolor que puedes enterrar. Pero solo puedes hacerlo por cierto tiempo. El nacimiento de un bebé prematuro, la discapacidad de un cónyuge, la pérdida de un hijo, cuando los desafíos de la mortalidad se vuelven abrumadores, simplemente… no puedes seguir. Ya no. Las mismas células de tu cuerpo claman por el amor y la comodidad para las que fueron construidas. Algo tan profundo dentro de ti como la oración te habla del vacío que siempre sentiste y no pudiste nombrar siempre… la sensación de algo que falta… hay una solución para eso y siempre lo ha habido.

Somos, todos nosotros, Hijos de Dios.

Solamente podemos luchar por un tiempo hasta que ya no podemos.

Un tiempo después de saber de mi esposo alguien en mi familia me buscó para conversar.

No le había hablado a ellos acerca de esto.

No se lo había dicho a nadie.

Escribí un ensayo anónimo que publiqué en internet. Eso fue todo. Me sorprendería saber que lo hubieran visto. (No es que lo hubieran reconocido como mío si lo hubieran leído).

El piso estaba levemente cubierto de polvo con los pedacitos de barro de los niños entrando y saliendo de la casa, los ecos de sus risas contrastaban con la seriedad de la conversación. Recuerdo que las sillas de cuero estaban pegajosas debajo de mis muslos.

«Si tú o tu esposo son secretamente homosexuales», me dijo, «será mejor que te lo guardes para ti».

No podría decir si me lo dijo porque, en algún nivel, lo sabía, o si solo estaba hablando por hablar. Ciertamente ellos no sabían las cosas que yo sabía. No podían saber cómo su declaración daría forma a los próximos años de mi vida.

La puerta se cerró de golpe cuando mis hijos pasaron corriendo de nuevo. Llevaban trajes de baño y dejaron huellas mojadas en el suelo mientras corrían, manchados con barro y trozos de hierba.

«Esos son tus hijos», dijo mi familiar. «Esos son tus hijos y son lo más importante. Cualquier deseo egoísta, cualquier urgencia carnal… No importa. Simplemente puedes esconderlo y hacerlo funcionar hasta que crezcan. Entonces, lo que sea. Haz lo que quieras. Pero no puedes fallarles».

Recuerdo que pensé que hay más formas de dañar a los niños que diciéndoles la verdad. Recuerdo que pensé que siempre hay una manera de ayudarlos a través de las transiciones. Recuerdo que pensar que el amor no puede reducirse a impulsos carnales. Que no hay nada de malo en que los niños sepan que el amor es complicado. Que la vida es complicada. Que cometamos errores y que el hecho mismo de cometer errores siempre formó parte del plan de Dios.

Pero no creo que haya dicho nada de eso.

No estoy segura si dije algo en absoluto.

Era una alumna de la BYU en ese entonces cuando me enamoré de una mujer a primera vista.

No estoy segura que me di cuenta de lo que era. O mejor dicho… me dí cuenta, pero cada vez que el pensamiento aparecía lo cerraba rápido y fuerte.

En lugar de amor, le llamé amistad.

Era una mentira, y yo lo sabía. Pero así lo llamaba.

Una vez, mi auto se descompuso en la casa de ella. No se me ocurrió que podría hacer que alguien lo arreglara. Así que me quedé en el césped, mirando a mi auto, y dije en voz alta: «¿Supongo que necesito ir a la tienda de autopartes?»

El sol se estaba poniendo, el aire de la montaña era delgado y fresco en el crepúsculo. Apenas podía ver su rostro en la penumbra.

Ella no suspiró ni sugirió que llamara a una grúa. En su lugar, mostró una de las sonrisas más grandes que he visto en mi vida. «¡¿Vamos a arreglarlo nosotros mismas?!», dijo. «¡Es la idea más genial de todas! Omigosh, déjame conseguir mi bolso que yo conduciré».

Recuerdo que la miré, desconcertada al verla tan entusiasmada en la oscuridad. Podría haber olido a hierba recién cortada. Su risa hizo eco desde dentro y fuera, a mi alrededor, a través de mí, casi una parte de mí. Recuerdo haber pensado que cuando estaba con ella, siempre era alegría y siempre era risa. Recuerdo que pensé que era milagroso que algo que debería haber sido estresante terminara siendo una de las cosas más llenas de risa que había hecho en mi vida. Recuerdo que pensé que era el más sagrado de los misterios: cómo una relación con una persona podía cambiar todo por completo para mejor. Recuerdo haber pensado que no debería sentirse mal. Que no se sentía mal. Que debería pensar que estaba mal y, sin embargo, no podía. Porque había algo puro y verdadero al respecto.

La amé más de lo que alguna vez amé a alguien o a algo.

¿Cómo podía estar eso tan equivocado?

Aquí hay otra cosa que aprendí de los mormones: discernir la manera de salir del doble vínculo es el punto del doble vínculo. Cuando le preguntaron a Jesús cuáles eran las leyes más importantes, él no se equivocó. Ama a Dios. Ama a tu prójimo. Sobre esto cuelgan todas las leyes y los profetas. Cuando hay un conflicto entre dos mandamientos, siempre se supone que debes elegir la opción que demuestre más amor.

Aún cuando esa sea la manera «equivocada».

Eva debía comer el fruto.

Nefi debía matar a Labán.

¿Cualquier decisión que favorezca la ley sobre el amor? No podía ser la decisión correcta.

El otoño de 2016, mi esposo tuvo un accidente automovilístico y destrozó nuestro auto.

Cuando recibí la llamada, estaba sentada en un sillón reclinable azul, hablando con una amiga. «Una cosa que los cristianos nunca lograron enseñarme», decía mi amiga, «es que el amor… El amor es el núcleo de todo significado. Es la única cosa. Es todo».

La voz de mi marido temblaba cuando respondí; resonaba con pánico. Se había salido fuera de la carretera, todos los airbags se desplegaron cuando golpeó la barrera.

Mi hija estaba con él.

Más tarde, cuando la policía los llevó a casa, recuerdo que todavía estaba en ese sillón reclinable azul. No estoy segura de si realmente lo estaba o si el recuerdo de haber recibido la llamada quedó de alguna manera impresa sobre el recuerdo de él contándome lo que sucedió.

«Había humo», dijo, «después que chocamos».

Su mano estaba quemada, manchada con los químicos que saliron del despliegue del airbag. Sus ojos estaban vidriosos. Él no podía mirarme.

«Lily estaba llorando. Y mientras estaba sentado allí, estaba pensando… me estaba dando cuenta… que quería morir. No me estrellé a propósito. Lo prometo. Pero… yo estaba allí y estaba mareado. Y sabía que no quería estar vivo. Y no sé si esa fue una de las causas del choque».

Sabía que había estado luchando. Estaba deprimido, estaba enojado y se sentía culpable todo el tiempo.

Sabía que esto podría suceder otra vez.

A menos que hiciéramos algo, volvería a suceder.

Y mi hija había estado en el coche con él.

Mi hija había estado con él.

Las elecciones del 2016 marcó el punto de no retorno para mí.

Mi hija se había quedado dormida en el sofá, sosteniendo un mapa de los Estados Unidos que había estado pintando cada estado de rojo o azul desde que se cerraron las urnas. Estaba mirando la televisión, enviando mensajes de texto a mis amigos, un dolor profundo en mi estómago.

En 2008, cuando los mormones hicieron una campaña para la Proposición 8, me sentí… traicionada. No por quién era yo. Sino porque sentí que, en un nivel fundamental, estaban eligiendo la ley sobre el amor. Eso fue un momento difícil.

¿En 2015, cuando la Iglesia salió con su «Política de exclusión», prohibiendo que los hijos menores de edad de cónyuges del mismo sexo se bauticen? Eso fue aún más difícil, aunque me costó sorprenderme.

Aún así.

Todavía tenía esperanza. Las mentes estaban cambiando lentamente. La Iglesia estaba empezando a reconocer que ser gay no era una opción y, por lo tanto, tampoco un pecado. Las personas más jóvenes no reaccionaban a la homosexualidad con el horror visceral y la vergüenza con la que reaccionaba mi generación. Por primera vez, conocí a estudiantes de BYU abiertamente homosexuales, personas abiertamente homosexuales que todavía asistían a la Iglesia, personas que, a diferencia de nosotros, no fueron avergonzados por su falta de heterosexualidad.

Durante la elección, los mormones tuvieron dificultades con Donald Trump. No les gustaba su baja moral, no les gustaba su forma de hacer campaña, su intimidación. Representaba todo lo que es un anatema para el núcleo de lo que significa ser mormón. Por un tiempo, parecía que incluso podrían rechazarlo. Podrían votar por la otra candidata.

Eso me dio esperanza, también.

Pero cuando puse la manta sobre mi hija, preguntándome cómo iba a explicárselo todo a ella cuando se despertara, mientras le quitaba su mapa a medio colorear y acomodaba su cabello, sentí que algo dentro de mí se rompía.

Nosotros, todos nosotros, queremos hacer lo que es correcto.

Eso es lo que hace que la elección de la ley sea tan tentadora. Tan fácil. Porque hay una respuesta y nadie va a decir que hiciste algo mal.

Elegir la ley es fácil.

Elegir lo correcto no lo es.

Justo antes de que mi esposo se mudara a nuestro apartamento en el sótano, oficialmente marcando nuestra separación, se sentó cerca mientras yo tomaba un baño.

La intimidad de ese momento era casi intrascendente. Habíamos estado juntos cerca de veinte años. Apenas nos dábamos cuenta de esas cosas. Incluso el aliento de incomodidad proveniente del final inminente de nuestro matrimonio no podría cambiar eso.

Me preguntó: «¿Crees que alguna vez estarás con otro hombre?»

El agua donde estaba metida se estaba enfriando, el olor a champú rozando la superficie del agua.

Me reí, creo. Parecía la respuesta más natural. «Los únicos hombres por los que me he sentido realmente atraída terminaron siendo homosexuales».

(Me sentí muy aliviada cuando encontré a mi esposo porque, ¡por fin! ¡Un hombre que me gusta y que no es gay! Y… bueno).

Quizás se encogió un poco al escucharme. Unos meses antes de que él dijera: «Lo siento. Lamento no haberte dicho que era gay antes de casarnos. Lo sabía… pero no creo que lo supiera».

Podría haber dicho lo mismo: lo sabía y no lo sabía todo al mismo tiempo y lo lamenté. Pero no estoy segura de que lo sabía.

«Puede que encuentres un hombre heterosexual por el que te sientes atraída», dijo. «Éramos muy jóvenes cuando nos casamos. Y totalmente inexpertos. Podrías tener mejor suerte».

Creo que negué con la cabeza. Mi cabello mojado se sentía pesado contra mis hombros. «Tengo mucho miedo de salir con un hombre», le dije. «Y más que eso… simplemente no quiero… solo… parece la receta para el fracaso».

Su rostro era más serio de lo que esperaba. «¿Te rompí el corazón?» Me preguntó.

Mis palabras eran torpes, parecían amontonarse una encima de la otra. «Tengo el corazón roto», le dije. «Pero no es tu culpa. Nada de esto es tu culpa».

Debería haber podido elegir salir con mujeres cuando era más joven. Y él debería haber podido elegir salir con hombres.

Yo dije: «Hicimos lo mejor que pudimos. Siempre hicimos lo mejor que pudimos».

Él asintió sin decir palabra.

Esto es algo que aprendí de tener cáncer: no puedes impedir que tu cuerpo grite.

Tenemos esta arrogante idea que siempre podemos elegir cómo reaccionar a las cosas.

Pensamos, «no puedo evitar sentir dolor, pero puedo elegir lo que hago acerca de eso».

Eso es incorrecto.

Cuando el dolor es suficientemente malo no importa qué quieras hacer tú, porque vas a gritar.

Una vez, mi médica estaba retirando las grapas de un injerto infectado. La habitación olía a carne podrida, la herida se filtraba fluidos.

Cuando grité, vi que le perturbaba. Vi su rostro, sombrío y blanco, tratando de concentrarse a pesar de que estaba abrumada por eso. Intenté no gritar. Intenté quedarme callada, tragarme la voz, traté de evitar que mi dolor la hiriera.

No pude.

Grité y grité y solo paré cuando empecé a perder el conocimiento.

No fue la primera vez que esto sucedió. Tampoco fue la última.

Pasé semanas en la unidad de terapia intensiva de quemados y perdí un cuarto de mi piel. Me quedé inconsciente gritando más veces de las que puedo contar.

La soledad de ser una mormona gay: es todavía más duro que eso.

Ninguno de nosotros puede escapar de nuestra biología. Todos estamos sujetos a las fuerzas primarias que llevan a nuestras células a unirse o separarse, a nuestros pulmones a respirar.

Solamente Dios sabe dónde está la línea, solo Dios sabe qué es y qué no es una opción.

El resto de nosotros tenemos que perdonarnos a nosotros mismos. Y a las personas que nos hacen daño.

Cuando estábamos decidiendo cómo salir del armario, fuimos a ver a una terapeuta familiar llamada Harriet. Ella no era una mujer pequeña, pero su voz era suave. Era negra, era gay, llevaba anteojos gruesos y se reía con todo su cuerpo.

«Decirle a mis padres será lo más difícil», le estaba diciendo. «Ellos son… muy mormones».

Mi esposo dijo: «Solo necesitas hacerlo. Sólo lánzate, como despegar una curita».

«No quiero hacerlo mal», le dije.

«¿Deberías decírselo en persona?» Me preguntó.

«Por supuesto que no. Ellos odiarían eso».

«No lo sé. Creo que mirarlos a la cara muestra respeto».

«Ellos lo odiarían», le repetí. «Van a necesitar privacidad para reaccionar».

Harriet estaba sentada en silencio, mirando a uno y otro, sin decir nada.

«He pensado en publicar este ensayo en algún lugar», le dije. «Y enviarles el enlace una vez publicado».

«Eso sería dramático», dijo.

«Demasiado dramático», le dije. «Y además, no quiero que sepan por mí que tú también eres gay, y mi ensayo definitivamente te saca del armario».

Sacudió la cabeza. «No te preocupes por eso», dijo. «Te doy permiso para que salgas del armario conmigo».

«¿Qué pasa si no les cuento a mis padres de inmediato que soy lesbiana? ¿Qué pasa si te delato primero? Diría: ‘Steve es gay’. Y cuando se asusten, yo podría decirles calmadamente, ‘Está bien, yo también soy gay’».

Los dos nos reímos.

Pero Harriet no se estaba riendo.

La miré, y sus ojos estaban llenos de lágrimas. «Hay mucho dolor debajo de esto», dijo. «Puedo sentirlo y es abrumador. Pero la forma en que se aman. Es bonito. Pueden construir cualquier tipo de vida que quieran. Ser una familia no tiene que terminar solo porque su matrimonio lo ha hecho. Tu familia puede parecerse a lo que tú quieras. Y a la mierda a cualquiera que diga algo diferente».

Cuando mi esposo y yo estábamos saliendo, una vez nos encontramos, después de horas, solos en el Tabernáculo, escuchando a Clay Christiansen practicando en el órgano. Fue una especie de accidente, realmente no se suponía que estuviéramos allí. Pero el hermano Christiansen no podría haber sido más amable. Nos invitó al órgano. Nos dejó tocarlo. Estábamos solos en el Tabernáculo Mormón, con el organista del Coro, y tocamos el órgano. Fue mágico.

Ese espacio Ese dulce momento. Está manchado ahora.

Es difícil poner en palabras cuánto me ha dolido todo esto. Cómo… rompió algo en mí.

Cuando me senté en la oficina de mi obispo ese día, tratando de explicárselo, la silla en la que estaba sentada era incómoda. El escritorio entre el obispo y yo, simplemente otro símbolo de la fisura que se había vuelto demasiado profunda para sanar.

El obispo me preguntó: «¿Qué piensas acerca de Jesús?»

Quería decirle que Jesús no me habría rechazado a mí ni a mi esposo. Quería decirle que Jesús nunca nos hubiera puesto en esta posición. Quería decirle que Jesús tiraría las mesas de la Iglesia en señal de amonestación.

Todo lo que dije fue: «Jesús nos enseñó a elegir el amor».

Es el único pensamiento que sigue volviendo a mí, una y otra vez, incluso ahora. Jesús nos enseñó a elegir el amor.

A menudo me encuentro pensando en el principio, ahora que las cosas están terminando.

El día que hablé por primera vez con mi esposo sentí que estaba orquestada por una mano que no era mía.

Estábamos compitiendo entre nosotros por una beca para Oxford y estábamos en las finales del estado de Utah. Salía de mi entrevista, estaba tensa y necesitaba hablar con alguien. Llegó una hora antes para la suya (tal vez la última vez que llegó temprano a algo, lo que siempre tomé como otra señal de intervención divina). Estaba sentado en un sillón con apoyabrazos, con la luz de la ventana a su lado, ligeramente iluminando su rostro, y cuando salí de la sala de entrevistas, me miró y sonrió.

Es difícil describir lo que sucedió en ese momento.

Era como si una parte fundamental de mí reconociera una parte fundamental de él. Sabía, en algún lugar profundo, que éramos iguales.

El era mi familia Y lo supe desde el momento en que lo vi por primera vez.

Incluso sabiendo cómo resultaron las cosas…

Especialmente sabiendo cómo resultaron las cosas…

Todavía siento que estábamos destinados a encontrarnos.

Todavía siento que nuestras vidas siempre debían estar unidas.

Estábamos destinados a unirnos el uno al otro, incluso cuando estábamos destinados a ser separados.

Si eres gay y eres mormón, tus opciones son dolorosamente limitadas. Puedes ser célibe. O puedes elegir estar en un matrimonio de orientación mixta.

Este es el peor tipo de doble vínculo: ninguna de las dos opciones es la opción del amor.

Porque mientras mi esposo y yo siempre nos hemos amado, si alguno de nosotros obliga al otro a quedarse, va en contra de ese amor. ¿Alguno de nosotros, decide que la mejor opción es estar solo para siempre? Eso va en contra de nuestro amor.

Los humanos no estamos destinados a estar solos.

Y las estadísticas para matrimonios como el nuestro son sombrías.

No sé cómo ser otra cosa que no sea mormona. Abandonar la Iglesia fue como pedirme que rechace mis propias manos, mi ser más profundo.

El último día que fui a la Iglesia fue el día de Navidad.

Sabía que me iba. Sabía que era la última vez.

Usé pantalones negros para marcar el final de mi membresía en la Iglesia que hasta ahora había definido mi vida entera y usé un brazalete de arco iris, para marcar el comienzo de lo que vino después.

Mi esposo y yo cantamos con el coro ese día. No recuerdo lo que cantamos. Sé que fue algo hermoso. Sé que sentí un dolor, más allá del lugar de las palabras.

El director del coro llevaba una cinta de arco iris, que protestaba por la forma en que se trata la homosexualidad en la Iglesia. Hizo que fuera más difícil irse, porque la esperanza estaba, pero también sirvió como un recordatorio físico de que las razones por las que nos íbamos eran reales.

Es difícil saber qué hacer con ellos, tanto los mormones que hicieron que la permanencia en la Iglesia fuera tan imposible y los que nos hicieron esperar durante mucho más tiempo de lo que deberíamos haber esperado.

Porque una vez fueron mi gente.

Y ahora no tengo gente.

Todo lo que tengo son mis secretos.

E incluso esos, estoy dejando atrás lentamente.

Deje su comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*