La ley superior del amor

agosto 14, 2014

Cuando hablamos del sermón del monte pensamos en muchas cosas, podemos recordar las bienaventuranzas, el mandamiento de ser la sal de la tierra, de alzar nuestra luz a las naciones, de la nueva justicia y el cumplimiento de la ley en Cristo. Durante el estudio personal me encontré con este versículo en particular: “Porque os digo que si vuestra justicia no excede a la de los escribas y a la de los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20).

¿Cómo puede nuestra justicia exceder a la de aquellos que memorizaban la ley, aquellos que vivían y guardaban cada uno de los mandamientos que conocían? ¿Cómo puede nuestra justicia exceder a la de los escribas, aquellos encargados de administrar y dictaminar la ley misma? Para mí es una de las propuestas mas enigmáticas, viniendo del mismo maestro que reclama en su cara a estas mismas personas por no entender las palabras que predican. Me resulta notable que en el discurso análogo dado al pueblo nefita se omitiera esta frase.

A partir de este mandamiento podemos delimitar dos clases de obediencia o dos clases de justicia. Por un lado la interpretación literal, la obediencia exacta que no cuestiona, el temor de Dios, lo que conocemos como obedecer “la letra de la ley” y da lugar a lo que un hermano llamara los santos “barra de hierro”1. Por el otro, la interpretación individual, la obediencia razonada -así como la desobediencia civil, el amor a Dios, lo que podemos llamar “el espíritu de la ley” y que se relaciona con los santos “liahona”.

Si seguimos leyendo este magnífico sermón, el compendio máximo de las enseñanzas de Jesús, podemos verlo desde estas dos perspectivas. Pero quisiera llamar la atención a un punto que para mí resulta esencial. Si decidimos utilizar la primera visión, necesariamente nos colocamos a nosotros mismos en un pedestal que nos eleva del resto del mundo en nuestra obediencia y traza una línea clara entre “nosotros” (justos, obedientes, los buenos) y “ellos” (los que no entienden, los desobedientes, los necios), pues nos da esa falsamente percibida autoridad moral de juzgar los caminos y las decisiones de los demás y nos convierte en un sentido a una clase de “justicia” semejante a la de los fariseos. Para la audiencia familiarizada con el Libro de Mormón, una percepción así nos hace subir al rameúmptom y nos da la razón al decir:

“¡Santo Dios, creemos que tú nos has separado de nuestros hermanos; y no creemos en la tradición de nuestros hermanos que les fue transmitida por las puerilidades de sus padres; mas creemos que nos has escogido para ser tus santos hijos; y también nos has dado a conocer que no habrá Cristo!

¡Mas tú eres el mismo ayer, hoy y para siempre; y nos has elegido para que seamos salvos, mientras que todos los que nos rodean son elegidos para ser arrojados por tu ira al infierno; y por esta santidad, oh Dios, te damos gracias; y también te damos gracias porque nos has elegido, a fin de que no seamos llevados en pos de las necias tradiciones de nuestros hermanos que los someten a una creencia en Cristo, lo que conduce sus corazones a apartarse lejos de ti, Dios nuestro!”2

Se requiere un gran acto de fe y de humildad para bajarse del pedestal para aprender a ver la obediencia desde la perspectiva de los que están abajo, tratar de ver la vida a través de sus ojos, sus historias, sus adversidades y sus necesidades. Es olvidar el dogma “odia al pecado no al pecador” y cambiarlo por “ama al pecador sin importar su pecado” pues todos somos pecadores. Es aprender a usar la empatía como herramienta de crecimiento, y admitir que no tenemos todas las respuestas. Es reconocer que todos nos encontramos en distintas etapas del mismo viaje a través de la mortalidad y que Dios (como Padre, Fuerza, Ente o como sea) no ama más a los “menos pecadores” pues él no hace acepción de personas.

El Profeta José Smith enseñó: “No se limiten en sus puntos de vista con respecto a las virtudes de su prójimo, sino guárdense de la hipocresía y limítense a estimar sus propias virtudes, y no piensen que tienen más rectitud que otras personas; si desean hacer lo que hizo Jesús, deben ensanchar su alma hacia los demás”3. De acuerdo a esta declaración, Cristo actuó con un amplio criterio, y esto lo respalda su continua compañía con aquellos considerados como pecadores, los publicanos, los gentiles, etcétera.

Fueron estos mismos fariseos quienes cuestionaron a Jesús sobre el mandamiento más importante, pero cuál no sería su sorpresa ante la respuesta que recibirían, pues ellos mimos -obedientes a cada ley, principio y precepto, no vivían lo que ahora se les presentaba como una ley superior: la ley del amor. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente […] Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-39). Dice luego que de éstos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas. Veamos cómo.

Me gustaría utilizar un conocido pasaje de las escrituras (Mateo 25:31-46) para analizar el efecto del amor en cada uno de los mandamientos, aquí nos habla Jesucristo acerca del servicio a Dios y a nuestros semejantes.

1. La Ley del Diezmo y el Ayuno.

El diezmo, como se enseña en la iglesia mormona, equivale a pagar el 10% de todos nuestros ingresos de manera constante e íntegra, por medio de un sobre de donaciones que se entrega al obispo y se reúne directamente en cuentas bancarias de administración internacional. Por su parte el ayuno, si bien se ofrece como una experiencia personal de especial espiritualidad, cuenta también con su donación mensual económica, que se entrega en el mismo sobre de ofrendas y se utiliza para solventar las necesidades inmediatas de la congregación local.

Cuando nosotros vivimos estos principios por la letra de la ley, podemos sentirnos justificados y subir al rameúmptom, pensando “Yo pago íntegra y puntualmente mis diezmos y ofrendas”. Pero si vemos a través del amor estas dos leyes, veremos que van mucho mas allá que simples mensualidades de justicia. No son como las indulgencias que se ofrecieran en la edad media a cambio del perdón.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” va más allá que sólo un pago puntual de diezmos y ofrendas de ayuno. Sabemos de gente en nuestras comunidades que han descubierto una vocación de servicio, y a eso debemos aspirar sin dejar de lado nuestras ofrendas, cuántos de nosotros detenemos nuestra mano ante el pobre o ante el hambriento. ¿Cuántos de nosotros nos involucramos activamente en obras de caridad? A lo largo del día estamos en contacto con gente que no tiene comida, que no tiene agua, ¿estamos haciendo un espacio en nuestra vida para cubrir sus necesidades? ¿O preferimos en nuestra comodidad dejar la ayuda humanitaria a los que tienen más tiempo, al fin que de todas formas nosotros ya pagamos nuestra mensualidad?

2. La Ley de Castidad.

Por castidad entendemos la abstinencia sexual antes y la fidelidad durante el matrimonio, que se define como sólo entre un hombre y una mujer. Cuando utilizamos la castidad como norma para medir la fe o la diligencia de los demás, nos estamos subiendo una vez mas al rameúmptom. Si en nuestra perfecta obediencia nos consideramos mejores que los que no la viven, estamos viendo sólo una cara de la moneda. La sexualidad humana viene en muchas y diversas facetas que incluyen identidad, género, preferencia y van mas allá de impulsos físicos o carnales.

Vivir la ley de castidad por amor a Dios y a nosotros mismos se sobre entiende. Pero vivir la ley de castidad por amor a nuestro prójimo requiere ensanchar nuestra alma. Cuando denigramos la sexualidad, cuando limitamos la diversidad sexual al pecado, cuando criticamos las decisiones de nuestros jóvenes, cuando nos causa inconformidad la vida de otras personas, cuando imponemos nuestro punto de vista sobre el albedrío de los demás, cuando medimos la virtud de una mujer por su apego a normas de vestido, cuando negamos la violencia sexual o culpamos a la víctima, cuando por temor no hablamos abiertamente estamos dejando de lado el aspecto mas importante de esta ley, que se nos dio para mostrar amor y compasión.

“…fui forastero, y me recogisteis…” Los forasteros de la ley de castidad son todas aquellas personas que han tomado caminos diferentes al nuestro, cuyas decisiones han impactado de manera importante sus vidas y las de los que les rodean, son aquéllos que no encajan en nuestro molde de “normalidad”, la madre soltera, la pareja no casada, los gays y lesbianas, los transexuales, las víctimas de violación, los que deciden no vivir la ley de castidad, los adúlteros; todos comparten una cualidad y es la de ser un “forastero” entre nosotros. Sabemos quiénes son y sabemos que no está en nuestra mano el juicio, lo que se nos pide como seguidores de Cristo es mostrar únicamente amor.

3. La Palabra de Sabiduría.

Entendemos por Palabra de Sabiduría el código de salud que se nos manda vivir como miembros de la Iglesia, al igual que la anterior, es evidente de qué manera el seguir sus preceptos muestran amor a Dios y amor propio al cuidar de nuestro cuerpo. ¿Cómo mostramos o no el amor por nuestros semejantes al vivir la palabra de sabiduría? (Entiéndase por ésta el abstenerse de ingerir alcohol, tabaco, café, té y drogas).

“…estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.” Cada vez aprendemos más acerca de la naturaleza de las adicciones, y nos damos cuenta de cómo éstas llegan a ser una prisión tanto física como mental y espiritual. Cuando vivimos la palabra de sabiduría y recibimos sus bendiciones, podemos olvidar lo fácil que es salir de la libertad. Conocemos muchas personas que con problemas de adicción se alejan de la Iglesia. ¿No son ellos quienes más necesitan de ella y de la Expiación? ¿Qué podemos hacer para ir con los que están en la cárcel? Mostrarles amor.

Para muchos de nosotros son comunes las frases en nuestro quehacer dominical: “¿Pues cómo va a venir el hermano tal si anda tomando otra vez? Ese hermano nunca va a dejar el cigarro, no tiene fe. Pobre de la hermana, pero es su culpa que su hijo se drogue”. No sabemos qué situación los llevó a donde se encuentran ahora, ni qué problemas tienen, pero sí sabemos qué situaciones pueden ayudarles a volver, y es por medio de una mano de ayuda firme y llena de amor.

4. “…estuve enfermo, y me visitasteis…”

¿Quién está enfermo de entre nosotros? ¿Podemos justificar que cumplimos esta parte con sólo hacer nuestras visitas mensuales de orientación familiar? ¿Qué hay de visitar los hospitales, las casas de ancianos, los orfanatos? ¿Qué hay de ese hermano que padece de una enfermedad mental en nuestro barrio? ¿O nuestros hermanos con alguna discapacidad? ¿No son todos ellos dignos de ser visitados? Mostramos amor a nuestro prójimo al visitarle en su enfermedad. Pero visitarle en su enfermedad también puede ser aprender más sobre ellos y sus enfermedades, entender la vida como ellos la ven y encontrar soluciones que podemos ofrecer para que su experiencia sea más sencilla, o aunque sea, menos difícil.

El gran mandamiento es el amor, porque amamos o no amamos, sin medias tintas. El valor de los diez mandamientos se pierde si no vivimos la ley del amor a Dios, el amor al al prójimo y el amor propio. Sin amor, la ley del diezmo y el ayuno no tienen objetivo. La Palabra de Sabiduría pierde su efecto si la utilizamos como estándar de obediencia en los demás y perdemos de vista las adicciones como una enfermedad y no “visitamos a los enfermos”. La ley de castidad adquiere más valor cuando no se usa para definir a los demás como “buenos o malos”, porque la modestia es más que ropa bonita, hombros cubiertos y una falda abajo de la rodilla, una persona es más que sus errores, sus defectos o simplemente sus diferencias de opinión.

Y la ley del amor verdadero, el amor puro de Cristo, es aprender a vivir los mandamientos por amor a Dios y a uno mismo, y aprender a amar a todos los hijos de Dios, sin importar si ellos aman a Dios, si nos aman a nosotros y aún mas si ellos no se aman a sí mismos. Y amar no es sólo “tolerar” a los demás, es involucrarse realmente en la vida de tus semejantes, es conocerlos y apreciarlos a pesar de sus errores, tal como esperaríamos que nos acepten a pesar de los nuestros. Amar es eso que explicó Pablo:

 

“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo caridad, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve. La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no se jacta, no se envanece; no se comporta indebidamente, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; no se regocija en la maldad, sino que se regocija en la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca deja de ser; mas las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y el conocimiento se acabará.”4

Razonar los mandamientos, aprenderlos, vivirlos, puede ser una forma de mantenernos por el sendero seguro, y no quiero decir con esto que esté mal, pero la obediencia ciega no es el propósito de el plan que Dios trazó para cada uno de nosotros. Obedecer por obedecer, obedecer por compromiso, obedecer por temor a un castigo, obedecer por costumbre, todos son tipos de obediencia que sí nos llevarán de regreso a Dios, pues él ha dicho que si obedecemos sus reglas merecemos las bendiciones.

Pero obedecer más alla de la letra de la ley, dirigir nuestras elecciones por medio de la empatía, de la caridad, del amor al prójimo es lo que nos brindará verdadera felicidad. Bajarnos del rameúmptom y ver que no somos para nada distintos de aquéllos a quienes criticábamos, perder el “privilegio” que nos da ver desde arriba y a los demás hacia abajo nos muestra un nuevo sentido a la vida. Nos muestra que todos estamos relacionados y que no puedo hacer nada yo sin que impacte a mis semejantes, del mismo modo en que toda acción de mis semejantes influirá de manera directa o indirecta en mi vida.

Sabemos que no todas las decisiones de Sus hijos complacen al Padre, pero también sabemos que Él ama a sus hijos por igual, sin hacer distinciones. Ama tanto al puro como al impuro. Ama tanto al obediente como al rebelde. Ama tanto al pecador como al otro pecador. Nos han dicho que Cristo no era sólo “amor y paz”5 y yo concuerdo. ¿Pero no podemos predicar un Dios de amor? ¿Un Dios que está contento contigo mientras muestres amor por tus hermanos? ¿Un Dios que está dispuesto a vivir contigo porque ya murió por tí? ¿Un dios misericordioso? ¿Un Dios de esperanza?

Sí, existen pasajes donde Cristo muestra una norma estricta, una ley de obediencia, una ley de exactitud, fue él mismo quien corrió a latigazos a los profanadores y llamó generación de víboras a los fariseos. Pero eso no nos da a nosotros la autoridad moral para hacerlo, no soy quién para escoger a los profanadores, no soy el ideal para juzgar a mis hermanos. Sí, Él es justo, pero también es misericordioso. Y a pesar de todas las leyes que nos dio, nos dijo que hay una mayor: la Ley del amor.

Podemos vivir cada uno de los mandamientos, desde el bautismo hasta el sellamiento, pasando por llamamientos, asignaciones, diezmo, ofrendas, castidad, palabra de sabiduría, consagración, ordenación, obediencia, etcétera. Pero si no los vivimos estas leyes por amor -y no sólo por amor a Dios, ya ni siquiera por amor a uno mismo- si no los vivimos mostrando amor por todos y cada uno de Sus hijos, “de nada me sirve”.

1. What the Church means to people like me. Poll, Richard D. disponible en inglés en: http://www.zionsbest.com/people.html

2. Alma 31:16-17, véase capítulo completo.

3. Reserva intelectual. Enseñanzas del Presidente José Smith. Capítulo 37 “:::” pág. 455. Disponible en: https://www.lds.org/bc/content/shared/content/spanish/pdf/language-materials/36481_spa.pdf?lang=spa El término “fariseismo” de acuerdo a la Real Academia Española, significa también “hipocresía”. Llama la atención su traducción al inglés “self-righteous” que nos habla de llamarnos “rectos” a nosotros mismos, ampliando un poco el argumento presentado. 

4. 1 Cor. 13: 1-8

5. “El costo -y las bendiciones- del discipulado” Elder Jeffrey R. Holland. Conferencia General, abril 2014. Disponible en: https://www.lds.org/general-conference/2014/04/the-cost-and-blessings-of-discipleship?lang=spa

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