La necesidad de autenticidad

Bill BradshawCharla dada por Bill Bradshaw en la cena de donadores de Afirmación, el viernes 2 de junio, en Lehi, Utah.

Mi primer recuerdo es de cuando era niño en la casa donde crecí. Estábamos en la cocina, en el rincón junto a la ventana. Creo que tenía tres años. Estaba sentado en la pierna de mi padre; mi madre estaba cerca. Fue un momento verdaderamente tenso, y el mensaje era claro: si no dejaba de chuparme los pulgares me devolverían al hospital donde había nacido. La amenaza nunca se hizo realidad, pero aún recuerdo más tarde en la vida, encontrar los duros alambres que envolvieron mis dedos doblados en espiral. La idea, creo, era que al sentir el metal en mi boca recordara que tenía que sacarla o de otra manera, estaba en problemas. Me han dicho que las memorias tempranas son frecuentemente acerca de algo traumático, un evento que ha provocado una fuerte emoción negativa. Entonces, mi interpretación, es que la idea de dejar mi familia, para vivir con desconocidos en el hospital debió ser verdaderamente aterrador, algo que ha sido conservado en mi memora. No es una cosa buena ser echado fuera de tu hogar.

Entonces, aún a temprana edad, he tenido cierta noción del conflicto interno que se presenta cuando uno no cumple con las expectativas, cuando hay discrepancia entre lo que tú eres y lo que se supone que debes ser. No es agradable cuando no encajas. Y una de las maneras que tenemos de aprender a sobrellevarlo es sacrificar nuestra integridad. Supongo que todos hemos sido culpables de un podo de auto decepción para que no nos vean tan diferentes. Decir que estás de acuerdo con lo que el grupo está diciendo, cuando realmente no lo crees. Fallando en hablar claramente y decir: «Eso no está bien» cuando eso te puede poner en mala posición con la mayoría. Ceder a la presión para conformar. Mejor estar en silencio y mantener tu secreto para ti mismo.

Pero la auto decepción es difícil de soportar y difícil de mantener. El ideal de lo que realmente debemos hacer es expresarnos en estas familiares palabras: «Esfuérzate en ser siempre sincero para contigo mismo, y de este modo, como la noche sigue al día, tú nunca podrás ser falso con nadie». Yo no soy crítico literario como para decir qué estaba tratando Shakespeare que expresara su personaje Polonio en Hamlet, pero la noción de ser fiel a uno mismo como una cosa buena es algo que probablemente todos podemos aceptar. Puedo recordar bastante claramente cuando era adolescente en la primera mitad de la década de 1950, que había una campaña en la Iglesia y cuyo eslogan era: «Sé honesto contigo mismo». Este mismo tema era repetido frecuentemente en varios contextos. «Sé honesto contigo mismo.»

Déjenme contarles una situación en la vida real que ilustra qué sucede cuando la discrepancia entre lo que eres, o lo que has hecho, y lo que tú afirmas es tal que se vuelve demasiado peso para llevar. Varias veces durante mi ejercicio en la Universidad de Brigham Young he recibido cartas en mi oficina de la facultad de un misionero sirviendo en el campo en algún lugar del mundo. Era un pedido de perdón. La nota explicaría que esa persona había hecho trampa en el examen de Biología 100 un año o dos atrás. El peso de esa deshonestidad se había vuelto insoportable por alguien que todos los días estaba expresando la fe en Jesucristo y enseñaba la promesa de la felicidad que viene al cumplir una vida honorable. Escribiría de vuelta una nota aceptando las disculpas, y deseándole lo mejor.

Evidentemente hay un fuerte impulso en las personas rectas a ser sinceros, es decir, en no pretender en ser algo que no son. Puede ser que no haya mayor conmovedor ejemplo de la necesidad de ser auténticos —lo que también se llama caminar con integridad— que lo que he experimentado entre mis hermanos y hermanas LGBT. Marge y yo hemos consumido un considerable esfuerzo en los últimos años de mi vida tratando de estar informados acerca de la homosexualidad, un tema sobre el cual éramos tristemente ignorantes en los años pasados. Entre las muchas cosas que hemos aprendido es que una pequeña proporción de la humanidad está eróticamente atraída hacia su mismo sexo por naturaleza. La evidencia que la orientación sexual está biológicamente programada es fuerte y se vuelve más fuerte cada vez. Mucho de los detalles, de todos modos, se mantienen sin descubrir. La más importante conclusión, de todos modos, es que las personas no eligen por quién se sienten atraídos, ni pueden cambiar por fuerza de voluntad o por sus compromisos religiosos, ni por participar en programas de cambio de orientación, no es posible. Todo esto puede ser aprendido sin la necesidad de recurrir a estudios académicos, por supuesto, sino escuchando con sensibilidad y ser testigos de aquellos que están directamente envueltos en esta experiencia. Nuestros niños gais nos han dicho que esto es así.

Déjenme compartir con ustedes ahora los sentimientos sinceros de uno de estos niños. Cito:

«Para el tiempo que me di cuenta que me sentía atraído hacia mi mismo sexo ya tenía 27 años, traté con todas mis fuerzas cambiarlo. Oré, ayuné, leí las escrituras, asistí a la Iglesia, fui al Templo, viví una vida verdaderamente religiosa, etc., para conseguir convertirme en heterosexual. No importa lo duro que traté y me concentré en ello, no pude hacerme heterosexual. Estaba seriamente decepcionado de cada cosa en ese tiempo. Siempre me sentí como si nunca hubiera podido darme cuenta cómo funcionaba o cómo hacer que sucediera. Sentí que Dios estaba decepcionado de mí. También sentí que si la Iglesia o la gente que me rodeaba supiera se sentirían decepcionados. No quería ser gay. Odiaba sentirme de la manera que me sentía. Pero eso no se alejaba de mí. Creo que si lo piensas se ve que pude esconderlo y no actuar sobre ello por un largo período de tiempo. La Iglesia podría verlo como un éxito, pero yo no lo veo más de ese modo. Es estúpido negar quién eres y mentirte a ti mismo y a todos los que te conocen. En mi opinión, es perjudicial vivir en ese estado de mentiras y negación. Nunca puedes tener autoestima cuando nadie —incluyéndote a ti mismo— no sabe quién eres.»

Tengo en mi posesión docenas de testimonios cuyo tema es virtualmente idéntico a lo que acabo de leer. El espíritu de estas expresiones son abrumadoras. Imagina pasar cada espiritual e intelectual esfuerzo a tu disposición en una tarea que a la postre es una tarea imposible en tratar de convertirte en algo que no eres. Imagina el dolor de llegar a creer que no eres suficientemente bueno  para merecer una bendición de la Divinidad. Imagina la carga de saber quién eres, pero no sentirte libre de ser auténtico con las personas que amas y tus amigos —por miedo al reproche, de sanciones de la Iglesia, y de la sociedad— aterrado como un niño de tres años en la cocina de ser echado fuera de la familia.

Estoy convencido que nuestras hermanas y hermanos LGBT serán merecedores de una bendición especial en las eternidades, dado el nivel de incomprensión y condena que han tenido que soportar en la vida mortal. La justicia será eventualmente servida. Pero al mismo tiempo, creo que es importante no promover la noción de que las personas gais son los oprimidos que merecen nuestra simpatía. Esa otra cara de la homofobia es igualmente inaceptable. Lo que se necesita no es lástima. Lo que se necesita es un cambio en la mentalidad de las actitudes de la sociedad donde la información certera reemplace los mitos, el miedo sea reemplazado con el respeto nacido de la experiencia, y un compromiso a la igualdad reemplace la tradicional marginalización. Las personas gais deben también aprender a no verse a sí mismos como nada más que igualmente capaces, competentes, y lo más importante, igualmente dignos. La vida futura estará llena de alegría y promesas.

Si las personas gais se sienten atraídas hacia su mismo sexo por naturaleza, entonces ellos son, por naturaleza, extraordinarios seres humanos. Si un día se sabe que el carácter artístico, del cual a veces hacemos bromas, o la sensibilidad y la habilidad para mostrar compasión, acerca de lo cual no hacemos bromas, está unida genéticamente a su orientación de atracción hacia su mismo sexo, no estaré sorprendido.

Entonces lo que está a la orden es una celebración de la bondad de los individuos LGBT, un reconocimiento de logros, y honor, y una visión de vidas por la integridad. Cito: «Recuerda que el valor de las almas es grande a la vista de Dios.» Cada persona gay, lesbiana, o trans en la búsqueda de la dignidad de su alma debe, como cualquiera, planear una vida de compromiso y servicio y honor. Será aceptar, no denigrarse e impulsarse a ser lo mejor de sí mismo: Un mejor hijo, una mejor hija, un mejor esposo o esposa, un mejor padre o madre, un mejor amigo o amiga, un mejor vecino, un mejor empleado, un mejor ciudadano, un mejor en todas las cosas. Será en cada aspecto de su vida —privada, pública o profesional—, honesta consigo misma, caminar con integridad, y ser feliz. Si esta visión es ideal, es también una certera reflexión de las personas que conozco y amo. Estoy profundamente agradecido por su ejemplo.

Finalmente aplaudo a Afirmación por su valiente esfuerzo para promover la inclusión. Estoy profundamente agradecido por nuestro hijo y su familia y los frecuentes recuerdos que tengo de sus buenas vidas. Y estoy mayormente bendecido por la compañía de mi querida esposa y su valiente apoyo a sus esfuerzos por la igualdad y justicia.

 

Puedes leer el original en inglés aquí

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