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Mi hijo es gay y no estoy feliz…

Escrito por Jorge Rojas

Cuando, entre lágrimas, me contó que es gay y si lo recibiría en casa pasaron muchas historias por mi cabeza.

Yo, que siempre apoyé la libertad de expresión, de acción y la intimidad… Llegó el día de poner mi corazón y cerebro en mi cruda realidad: Mi hijo es gay, me lo confesó.

Cómo responder  a su confesión y llanto. Fue simple, lo recuerdo perfectamente: «Hijo, a pesar de no conocerte físicamente, te amé desde siempre. Ven a casa, yo te cuidaré y protegeré, me necesitas y te necesito. Tenés mi total apoyo».

Ya tenía el apoyo  de su padre y necesitaba el de su madre, la llamó y aceptó, no sé, pero le indicó que viniera conmigo: Ve con tu padre si cuidó de mí de lo mejor, cuidará de vos. Sé feliz hijo, siempre lo supe.

Ese siempre lo supe, es la razón de escribir.

Como padres intuimos los sentimientos y pensamientos de nuestros hijos y esperamos su decisión; amamos, aceptamos, rechazamos, temerosos de ser padres no aptos, de la familia, de los vecinos, amigos, trabajo, Iglesia, de Dios; donde quiera nos encontremos somos temerosos y cobardes a la vez.

A pesar de amar, aceptar y apoyar a mi hijo por esa valentía en decirme: soy gay. Sufro en silencio. Estuve varios meses depresivo y aun estoy aprendiendo a sobrellevar  esta cruz. Si, esta cruz muy pesada.

Cuando dijo: soy gay, yo tenía varias responsabilidades: médico psiquiatra, docente universitario, autoridad en la Iglesia, candidato político, integrante de cooperadora  de una escuela entre otras actividades. Sin embargo, esa decisión cambió mi vida. Amo a mi hijo, lo amo por la eternidad y lo sabe. Tomé decisiones adecuadas, pedí mi relevo en la Iglesia, renuncié a las otras actividades, tomé licencia y esperé a mi hijo con amor y ansiedad. Intenté ser un buen padre para que no notara mis preocupaciones y esto me llevó a episodios depresivos.

Nunca logré entender la aceptación plena: mi hijo es gay o lesbiana, me confesó y somos felices. No lo entiendo. ¿Felices? ¿Sabiendo que donde vamos atacan a nuestros hijos? Este punto no entiendo.

Dejé mi llamamiento en la Iglesia porque se hacían muy molestos con lo de tener miembros homosexuales, prohibiciones totales, entrevistas interminables, nada de nada para ellos. No puedo vivir de hipocresía, sabiendo que mi hijo es uno de ellos.

En los demás por la simple razón de escuchar dondequiera que vaya hablar mal de ellos, siendo mi hijo uno de esa comunidad.

¿Será cobardía o rebelión?

No entiendo cómo podemos ser felices si sabemos que nuestros hijos sufren al salir de los lugares que protegemos y los amamos.

No entiendo mi cobardía de no decir: mi hijo es gay.

No entiendo mi rebeldía al defenderlo siendo que no lo desea.

No entiendo cómo podemos mejorar esas relaciones de nuestros hijos con la sociedad y las instituciones. Podemos afirmar que hay leyes que protegen, pero no los protegen de las lenguas ni de la violencia. Están las leyes, no su aplicación. Está el amor de Dios, no su caridad, su demostración. Estamos nosotros, pero no alcanzamos a demostrar que somos muchos que amamos, aceptamos y apoyamos a nuestros hijos.

No sé, tal vez esté equivocado. Amo a mi hijo, pero sufro. Qué debo hacer. Cómo debo comportarme. Cómo debo mejorar estas situaciones conflictivas.

Antes de finalizar su misión de tiempo completo, su presidente de misión le dijo: «Elder, si no cambia, el mundo de perdición lo espera», me comentó y respondí: «Ya somos dos hijo. No te preocupes, tal Ruth: No permitas que me aparte de ti; donde quieras que vos vayas iré yo, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios».

Porque:

«Con lazos eternos nos hemos unidos,

En vano el destino nos hiere a los dos…

¡Las almas que se aman no tienen olvido,

No tienen ausencia, no tienen dolor!».

(Dos que se aman, Manuel María Flores)

 

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