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Padres y Aliados

por John Gustav-Wrathall

trad. Gilberto Luna

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Con la familia extendida, nuestro hijo adoptivo Glen está de pie detrás de mi padre (en la esquina superior izquierda), mi esposo y yo (de rodillas al centro de la primera fila) delante de mi mamá, rodeado de amorosos primos, tíos y tías.

Cuando salí del closet en los 1980´s, parecía que la experiencia normal de las personas LGBT fuese un fuerte rechazo familiar. No sé si se realizaron estudios estadísticamente válidos en esos tiempos sobre las actitudes típicas de las familias estadounidenses hacia sus hijos o hijas LGBT. Lo que sí sé es que parecía que la mayoría de mis amigos LGBT que estaban fuera del closet frente a sus familias tendían a experimentar algún tipo de alienación y distanciamiento de sus familias o de tensión dentro de ellas. Mis amigos no iban a casa durante las vacaciones, porque ellos (o sus parejas) no eran bienvenidos. Ellos no se comunicaban a menudo con sus familias y, cuando lo hacían, la comunicación era lacónica y difícil.

Las historias de horror eran demasiado comunes. Muchos podían contar historias de como fueron expulsados de sus casas o repudiados. Alguien que conocí a través de «Luteranos Preocupados» (ahora «Reconciling Works») perdió a su pareja a causa del SIDA, fue expulsado de su apartamento por la familia de su pareja fallecida, y se le dijo que no tenía derecho a conservar ninguna cosa de lo que había pertenecido a su pareja. Dos amigos míos que murieron a causa de complicaciones relacionadas con el SIDA murieron sin ningún miembro de su familia involucrados en su cuidado o cerca o presente al momento de su fallecimiento. Para muchas personas LGBT de esa época, se daba por sentado que salir del closet significaba exilio de la familia biológica. La comunidad LGBT a menudo tenía que convertirse en una especie de familia sustituta.

Cuando salí del closet a mis devotos padres SUD en 1989, esperaba el rechazo inmediato, pero no fue lo que yo experimenté. Había sentado a mi papá y mamá a mi lado y después de haberles contado mi historia de lo que viví para salir del closet, las primeras palabras de mi papá fueron: «Sentimos terrible que nunca supimos lo que estabas pasando. Nos sentimos terrible que casi te hayas suicidado y no haber podido estar allí para ayudarte a través de eso». Mi mamá me dijo más tarde que mientras me llevaban de regreso al aeropuerto después de mi visita para “salir del closet”, el Santo Espíritu le habló en una voz audible, diciéndole que yo estaría bien. Mamá dijo que después de esta experiencia supo que su único trabajo era amarme incondicionalmente y apoyarme. Hubo un tiempo en que mi padre luchó para dar sentido a las cosas pero una noche me llamó por teléfono y me dijo que estaba convencido, después de mucho estudio y oración, de que Jesús había reconocido que algunos nacen gay (Mateo 19:12), y que algún día la Iglesia recibiría revelación más completa sobre este tema. Mi esposo siempre fue bienvenido en casa de mis padres, y pronto lo reclamaron como su propio hijo. Ellos (y mi devota abuela SUD) asistieron a nuestra «ceremonia de compromiso» en 1995 (papá leyó una escritura como parte de la ceremonia). Y cuando nos casamos legalmente en el 2008 en Riverside, CA, insistieron en estar allí.

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Mamá y Papá Relajándome con mis padres en una visita reciente a su casa en Springville, UT

Yo no podría haber pedido a unos padres más amorosos ni más dispuestos a apoyar. Cuando le dije a mis amigos en la comunidad gay como mis padres habían respondido a mi salida del closet, invariablemente expresaron su sorpresa y envidia. Uno no esperaba ese tipo de reacción por parte de las familias. Y el hecho de que eran mormones fue aún más sorprendente para mis amigos no-mormones, aunque para mí fue evidente cómo el “mormonismo” de mis padres estuvo muy entrelazado con su respuesta. Su espiritualidad -su confianza en su capacidad de buscar y recibir guía directamente de Dios- y su compromiso con la familia -en base a los convenios del templo- eran lo que impulsó su aceptación hacia mí. Sé de muchos otros mormones LGBT cuya experiencia ha sido similar.

Me sentí afortunado. Pero no tendría que haberme sentido afortunado. Y aunque me gustaría poder decir que la aceptación de la familia es la norma entre los mormones LGBT, por desgracia no lo es. Todavía no estoy seguro si alguna investigación estadísticamente fiable se ha hecho en el porcentaje de familias mormonas que están aceptando en comparación a las que rechazan a sus hijos LGBT, y qué tipo de aceptación o rechazo de la familia los mormones LGBT enfrentan. Pero sabemos que el rechazo de la familia es un enorme problema entre los miembros de la Iglesia SUD.

Una reciente entrada en el blog de Lori Burkman titulado «Cuando la religión crea Dragones» analiza el fenómeno de «Mamá Dragón» donde los padres, especialmente las madres, se manifiestan para defender ferozmente a sus hijos homosexuales en la cara del rechazo por parte de sus comunidades religiosas. Ella menciona específicamente el creciente problema de los jóvenes LGBT sin hogar en Utah, inquietante evidencia de rechazo de la familia por los mormones devotos. Lori señaló:

«Está claro que «amar al pecador y odiar el pecado» es más o menos la peor manera de amar a alguien. En su lugar tenemos que amar al pecador (dándonos cuenta de que todos somos pecadores) y sólo odiar nuestro propio pecado. No hay una causa alguna para juzgar o rechazar a otros por la homosexualidad cuando verdaderamente, su naturaleza y propósito aquí en la tierra está más allá de nuestra comprensión. Todo el mundo es libre de sacar sus propias conclusiones personales sobre la naturaleza pecaminosa o no pecaminosa de la homosexualidad, pero de ninguna manera es un derecho de cualquier persona a proyectar creencias limitantes sobre otros.»

Caitlyn Ryan, una investigadora con sede en la Universidad Estatal de San Francisco es conocida en la comunidad LGBT Mormona. Entre algunos de los hallazgos más importantes de la investigación de Caitlyn es, que incluso el hecho de aceptar, aunque sea moderadamente, por parte de las familias puede hacer una gran diferencia. Caitlyn escribió en un artículo recientemente publicado en el Washington Post:

«Los padres y las familias pueden apoyar a sus hijos LGBT – incluso si creen que ser LGBT está mal – por acciones simples que no requieren aceptar un «comportamiento» o «identidad» que no aprueban. Esto incluye hablar con sus hijos con respeto para empezar a entender las experiencias de sus hijos; exigir que otros miembros de la familia respeten a su hijo/hija incluso si ellos mismos no están de acuerdo; y abogar por su hijo/hija cuando otros los maltratan. Estos comportamientos reflejan también los valores religiosos fundamentales del respeto, la misericordia y la compasión.»

En mi propia experiencia como un moderador del grupo de «Affirmation’s Prepare Group» -un grupo de Facebook para las personas SUD LGBT activos en la Iglesia- la aceptación de la familia parece ser un factor común en la voluntad de las personas LGBT para relacionarse con su fe, incluso en medio de la adversidad. Sospecho que los padres que esperan que sus hijos LGBT sigan activos en la fe tendrán más éxito al abandonar los resultados o expectativas y centrarse en el amor y aceptación incondicional a sus hijos.

Parece extraño para nosotros aplicar el término «aliados» a los padres. En un mundo normal, todos los niños simplemente asumen que sus más feroces y más amorosos defensores son y serán siempre sus padres. El término «padre» debe ser sinónimo de «aliado». Desgraciadamente, no vivimos en un mundo en el que esto se pueda asumir automáticamente. Mientras tanto, estamos profundamente agradecidos a los padres que -a veces en silencio, a veces a gritos alegres- encontramos a nuestro lado y nos hacen saber a través de la acción y por medio de las palabras que la familia vale, y que nosotros también pertenecemos a esa familia.

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