Pulsando el interruptor: dejar que Dios ilumine el camino

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Por Kathy Carlston

2011 fue un gran año para mí. En julio, después de años de ir a terapia y trabajar con varios obispos con la esperanza de encontrar algún camino, algún remedio para librarme de la atracción por las mujeres, hice una cita para hablar con mi presidente de estaca. Después de contarle mi historia, sugirió que me contacte con Carol Lynn Pearson, quien casualmente vivía en mi estaca. Ella escuchó pacientemente y con atención, haciendo preguntas para extraer del pozo las frustraciones en las que me estaba ahogando. Había estado esperando consejos sobre qué hacer, pero en cambio, ella me dijo que esta era mi vida, mi camino, y aunque ella con mucho gusto caminaría conmigo, yo era la que estaba a cargo. Dejé su casa con una copia de su libro, No More Goodbyes: Circling the Wagons Around Our Gay Loved Ones (No más despedidas: Poniendo en círculo las carretas alrededor de nuestros seres queridos gais).

Nunca he sido una gran lectora. Antes de ese momento, era suerte si terminar una novela antes de que se cumpliera un año. Pero una semana más tarde, había devorado «No More Goodbyes» y empecé a leer todo lo que caía en mis manos.

Después de meses de investigación y búsqueda profunda, uno de mis mejores amigos me preguntó si estaría interesada en escribir un artículo para The Exponent II’s Spring 2012 issue (El Exponente II de asuntos de la primavera de 2012), que se dedica a historias LGBT. En octubre de 2011, presenté un primer borrador para el artículo de la página 16. Unos días después de Navidad, compré y leí la compilación de ensayos de Brent Kirby, Gay Mormons?: Latter-day Saint Experiences of Same-Gender Attraction (¿Mormones gais? Experiencias de los miembros SUD con la atracción hacia su mismo sexo). Cuando leí la historia de Blake Hoopes, se me ocurrió que en realidad nunca le había preguntado a Dios qué pensaba sobre mí siendo gay. Siempre le había rogado que me ayudara a cambiar o que me lo quitara por completo.

Así que me arrodillé al lado de mi cama, cerré los ojos y pregunté. Instantáneamente tuve una de las experiencias espirituales más intensas, sino fue la más intensa que tuve. Estaba llena de paz, aceptación y, sobre todo, esperanza. Me sentí  que Dios no solamente estaba bien conmigo siendo gay, sino que estaba emocionado de que fuera a buscar a alguien a quien amar y hacer todo lo posible para pasar el resto de mi vida encontrando diferentes maneras de hacerla reír. Pero además de eso, tuve una sensación casi física de un interruptor que se apagó en la parte posterior de mi cabeza, y de repente, ese deseo y anhelo que tenía de estar muerta, que había llevado desde que era una niña, ya no estaba.

Esta experiencia sucedió en un momento de mi vida en la que sospechaba extremadamente de las experiencias espirituales en general. Pero haber experimentado tal revelación con ese interruptor fue increíblemente valioso. Sospeché que los sentimientos se desvanecerían, y que después de un par de días, todo volvería a ser igual a como me había sentido desde la infancia, pero ha pasado un poco más de un año y medio y nunca he sido la misma.

Para mí, lo fascinante de toda la situación era que había estado preguntando, suplicando y pidiendo que se activara el interruptor equivocado. La sanación y la alegría que han tejido su camino en mi vida desde esa experiencia me han dado una profunda esperanza, dirección y fortaleza.

Si bien puedo considerar las posibles conclusiones de los años en que se me mantuvo en la oscuridad como la tortura innecesaria de un Dios sádico, personalmente no me siento así. A pesar de que ha habido tanto dolor, Dios ha renovado mi fortaleza cientos de veces. Aunque parece que cada 5 minutos pierdo la fe en mí misma, Dios levanta mis ojos, me ayuda a reír y me da consuelo. A pesar de que ha habido muchas veces en las que he sentido que perdí mi integridad (mis opiniones sobre la Iglesia, sobre mi situación, sobre todo lo demás han cambiado tanto que en un momento estoy de un lado y al siguiente mi opinión es exactamente la opuesta), y aunque me siento tan perdida en un mar de ruido, Dios camina pacientemente a mi lado, solo esperando que gire mi cabeza y pida su opinión. En este punto de mi vida, no estoy segura de por qué, pero siento que parte de la razón por la cual era importante para mí caminar este camino era para saber que: A) No podía cambiar porque B) no estaba descompuesta y C) Dios nos ama, camina con nosotros, conspira para nuestra felicidad.

Kathy Carlston es una lesbiana muy abierta que también encuentra que hablar en tercera persona es extrañamente divertido. Es también actualmente miembro activa de la Iglesia. Después de graduarse en Matrimonio, Familia y Desarrollo Humano por la Universidad Brigham Young, se fue de nuevo a la escuela para estudiar Animación y Efectos Visuales en el área de San Francisco Bay. Desde entonces, ha estado haciendo cosas que se ven asombrosas en pantalla.

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