¿Qué pueden esperar los mormones LGTB?

 

John Gustav Wrathall - Presidente Internacional de Afirmación Mormones LGBT Familias y AmigosEscrito por: John Gustav-Wrathall

Traducido por: David Mans

Este artículo fue publicado en el blog «Times & Seasons», el 25 de Mayo 2017. Ver el post original en inglés aquí.

He sido acusado frecuentemente de optimismo, tanto por las personas que piensan que es una cosa mala, y por personas que piensan que es una cosa buena. Algunos, tanto fuera como dentro de la Iglesia, dicen que mi optimismo conduce a tener falsas esperanzas, que eso está mal, que infundir falsas esperanzas puede ser, incluso, un pecado. Otros, también dentro y fuera de la Iglesia, están de acuerdo que necesitamos esperanza para transitar este azaroso camino en el cual la esperanza es escasa. Me declaro culpable de tener abundante esperanza y que siempre estoy dispuesto a compartirla. Estoy de acuerdo que es muy razonable preguntar en cuanto a esta esperanza, qué es lo que esperamos y de dónde viene esa esperanza.

Para poder empezar a responder esa pregunta, siento que debo compartir mis creencias básicas acerca de la naturaleza y el propósito de la vida.

Creciendo como mormón aprendí a prestar atención a lo invisible. Me enseñaron a tomar tiempo frecuentemente en la vida y escuchar lo que lo invisible tiene para decirme acerca de lo visible y tangible. Pude buscar y encontrar confirmación de la veracidad de un texto que estaba leyendo o de una enseñanza que me fue dicho que era verdad. Pude encontrar ayuda cuando navegaba por la moral compleja del patio de la escuela o, después, en el lugar de trabajo. Pude buscar y encontrar sabiduría en las encrucijadas de mi vida donde era necesario tomar decisiones y mi propio conocimiento y sabiduría parecía no ser suficiente para tomar esas decisiones tan importantes, que era necesario hacer. Y pude, a través del curso de las decisiones de mi vida, y con la ayuda de lo invisible, llegar a conocerme a mí mismo.

Por supuesto le dieron un nombre a lo invisible en lo cual fui enseñado a buscar ayuda: Dios. U otros nombres también: Padre Celestial, Espíritu Santo. Me enseñaron que venimos de la esfera de lo invisible que ellos habitan, que era un hijo de esa Divinidad, de este Padre en los Cielos, (¡Y que hay Madre allí también!). Y que esta Divinidad o estas Divinidades, quienes eran omnipotentes y buenos, me enviaron aquí para aprender importantes lecciones, para adquirir atributos esenciales para la felicidad eterna, y volverme como ellos, y entonces volver a ellos.

La vida nos enseña lecciones difíciles. Entonces he descubierto que había involucrado un elemento de confianza para invocar la guía de lo invisible. Hay momentos en nuestro viaje de la vida cuando te preguntas si hay algo de esto, si Dios es real, o si Dios es realmente bueno o si él realmente puede ayudarte. Te preguntas si hay realmente alguna lección, si tú realmente estas en un viaje, o si todo en la vida es solamente un gran sin sentido. Y todo esto me llevó a un punto donde descubrí que solamente tenía que decidir confiar. Y cuando confié, a veces el velo que cubre el mundo invisible se ha partido en notables maneras.

Mi esposo y yo somos parte de un coro de Afroamericanos Evangélicos por muchos años, y hay una canción solemos cantar: “Él nunca me ha fallado”, he aprendido que esta es una declaración verdadera. No es como si nunca hubiera tropezado, o nunca hubiera padecido dolor o pérdida, como si nunca hubiera experimentado angustia o desesperación, como si nunca hubiera estado solo en la oscuridad. No es como si nunca hubiera sido tentado a darme completamente por vencido. Pero siempre ha habido algo, alguien, allí que me ayudó a levantarme, empezar otra vez, tratar otra vez, continuar. Descubrí que hay aprendizajes y siempre hay esperanza.

Con el tiempo aprendí qué acertado el nombre “Padre” describe esta relación. Aprendí cuánto podía confiar en Él. A través de esta relación he experimentado su singular y poderoso amor. Y en esta relación, confianza y amor, y las lecciones de servicio y sacrificio que he aprendido a través de ello, y mi gratitud por ello, ha crecido con los años.

Entonces, volviendo a la pregunta original —¿qué es lo que tenemos que esperar y por qué?— Podría contestar que hasta la más pequeña de mis esperanzas, cualquiera que estas esperanzas sean, están basadas en la gran esperanza de la unión (o reunión) definitiva con Dios. Confío que si alguna de mis pequeñas esperanzas son indignas, el viaje de la vida me enseñará a dejarlas ir, para que pueda continuar caminando incondicionalmente hacia la gran Esperanza. Las pequeñas dignas esperanzas son las que sirven como confiables guías en el camino hacia la divinidad.

¿Cuáles son algunas de esas pequeñas, pero confiables, esperanzas que son como señales en el camino hacia la gran esperanza? La más importante para mí ha sido la misma cobijadas por la humanidad en cuanto a la conexión humana en el contexto de las relaciones de pareja. Esta esperanza la aprendí cuando era un niño, en mi familia. De mis padres experimenté un amor trascendente que tenía origen en una extensión de un adulto, e íntimo amor. La esperanza de experimentar este tipo de amor en mi vida se volvió mi mayor aspiración en este mundo. Mi Iglesia me enseñó que esto era una prioridad, y me enseñó que era razonable esperar por ese amor, y el amor que viene de eso, que trasciende los límites de la vida mortal. Mi Iglesia me enseñó las características divinas de ese amor.

Ser gay significa que mi camino, mi anhelo de esa conexión íntima, humana, están dirigidas a miembros de mi mismo sexo. El mensaje que recibí de la Iglesia y de la cultura general eran que las personas gais son egoístas, que eran incapaces de comprometerse, que la atracción hacia miembros del mismo sexo no era real y que se podía curar estableciendo «relaciones reales» con un miembro del sexo opuesto, que una relación con una persona del mismo sexo apartaría al Espíritu Santo, y que vivir un «estilo de vida gay» me dejaría triste, frustrado, vacío y solo. Creí todos esos mensajes, entonces lo percibí como un desastre cuando experimenté el despertar de mi conciencia sexual.

En este punto de mi crisis en mi vida sobrellevando esto tuve un encuentro con la Deidad, en el cual me fue dicho que mi sexualidad como hombre gay era una parte integral de mi persona y que era bueno. No estuve inclinado a aceptarlo en un principio. Me tomó años de continua búsqueda espiritual antes que me sintiera dispuesto a salir con hombres y buscar activamente una relación de pareja. Aún entonces el proceso estaba lleno de dudas y ansiedad. Si otros han cuestionado las revelaciones personales que he recibido en cuanto a este tema, antes las he cuestionado yo mismo en el curso de muchas noches oscuras de mi alma.

Pero el proceso de experimentar con esto es paralelo al proceso descrito en Alma 32. La revelación inicial se sintió correcta. Me llenó de luz. Luego lo puse a prueba, y brotó. Eventualmente el brote me llevó a tener buenos frutos, nuevo conocimiento. El nuevo conocimiento me llevó a nuevas preguntas, más revelación personal, más pruebas, más crecimiento, más conocimiento. No he llegado a las respuestas absolutas, pero por supuesto el curso que seguí fue suficientemente productivo de buen fruto que me sentido animado para permanecer en ello.

Conocí a mi esposo Göran en 1991. Nos volvimos una pareja en 1992, cuando todavía no había señales que recibiríamos algún reconocimiento legal como matrimonio, o cualquier tipo de protección que hiciera posible cuidar del otro en caso de enfermedad o penurias económicas; entonces había, de hecho, signos que apuntaban a que encontraríamos significativa discriminación y hostilidad por ser abiertamente gais. En 1995 hicimos lo que podíamos hacer en esa época para proclamar nuestro compromiso el uno con el otro, en una ceremonia pública con nuestra familia y amigos que no tenía ningún valor legal. Compramos una casa juntos, en 1996. Nos convertimos en padres de acogida en 2007, y criamos un hijo. Tan pronto como fue posible para nosotros casarnos legalmente en alguna jurisdicción (en California el verano de 2008) volamos allí y nos casamos, aún cuando nuestro matrimonio no tenía valor legar en nuestro estado de Minnesota. Luchamos por ese valor legal en 2012, y en 2013 nuestro estado reconoció el matrimonio de California que habíamos concertado cinco años antes. Poco tiempo después de eso este matrimonio fue legal en los cincuenta estados.

En más de dos décadas de nuestra relación, he aprendido que cada uno de los mensajes que he asimilado de la Iglesia y la cultura general acerca de que está equivocado ser gay eran falsos. Estar en una relación gay me enseñó cómo ser generoso y considerado con mi esposo. Me enseñó la suprema importancia del sacrificio como la más noble expresión de amor. Me enseñó paciencia, fe y esperanza. Aprendimos todas estas lecciones en una forma más intensiva a través de la experiencia de criar a nuestro hijo de acogida gay. No fue efímero, nuestro compromiso ha durado 25 años, y nuestra felicidad en nuestra relación ha crecido continuamente, y promete seguir creciendo ahora que estamos llegando a la vejez juntos. No estoy seguro qué califica para llamar a una relación de pareja «real». Lo que yo puedo decir es que cuando los líderes de nuestra Iglesia hablan de matrimonio, cuando ellos describen los desafíos que esto conlleva, las lecciones que enseña, y las satisfacciones que trae, me encuentro en perfecta sincronización entre lo que ellos dicen acerca del matrimonio y mi relación con mi esposo, con una sola notable excepción: que lo que ellos enseñan debe ser entre un hombre y una mujer.

Christo Redentor, Rio de Janeiro, Brazil

He tenido buenas y malas en mi relación con Dios. Hubo importantes períodos de tiempo que no tuve el Espíritu en mi vida. Pero los períodos de mi vida que he estado más espiritual han sido tanto cuando estaba activo en la Iglesia y cuando estoy totalmente comprometido con mi esposo. Nunca me he sentido más cerca de Dios, ni he sentido el Espíritu Santo más continuamente presente, ni he recibido las más milagrosas respuestas a mis oraciones que he tenido en años —aún en comparación con los años cuando fui un miembro en buena posición de la Iglesia y misionero. He buscado a Dios diariamente en oración, en el estudio de las escrituras, yendo a la Iglesia, viviendo la palabra de sabiduría y otros principios del Evangelio, y buscando oportunidades de servicio. Y tengo un testimonio que la Iglesia es verdadera. Mi relación con mi esposo tiene un impacto en mi habilidad de sentir y responder al Espíritu en mi vida, pero contrariamente a lo que me habían dicho, es una influencia positiva. Cuando soy atento con mi esposo, fiel, amable y meticuloso en mi relación con él, experimento una mayor sensibilidad al Espíritu.

Me he encontrado con los líderes de la Iglesia: obispos, presidentes de estaca y aún a un apóstol. He compartido mi historia con ellos en profundidad, y ellos me han conocido suficientemente bien en los doce años que pasé como miembro activo de la Iglesia para juzgar por sí mismos el fruto que mi vida como hombre abiertamente gay en una relación con otra persona de su mismo sexo ha producido. Todos los reconocibles signos de la presencia del Espíritu y su obra en mi vida. Todo lo que me han ofrecido es el veredicto: «No puedo aconsejarte que hagas nada diferente en tu vida de lo que ya estás haciendo». Todos me han ofrecido el mismo consejo en relación a mi estado de excomunión y la contradicción entre mi experiencia personal y la actual política y enseñanza de la Iglesia. El consejo ha sido que debo cultivar la paciencia. Me he esforzado en hacerlo.

Las personas heterosexuales no eligen un miembro del sexo opuesto por obligación. Sé de varios miembros mormones gais que lo han hecho, pero no personas heterosexuales, mormones o no-mormones. Las personas heterosexuales sienten la atracción, se enamoran y construyen una relación, muy parecido a lo que yo he hecho, y mucho como otras personas gais hacen cuando no son inhibidos por la desventaja social o los obstáculos legales. Las personas gais y las personas heterosexuales en sus relaciones, si dejan que la disciplina y el compromiso les enseñen el servicio y el sacrificio (ya sea inculcado por las enseñanzas religiosas o es producto del natural anhelo de intimidad); se convierten en padres y mentores, y en pilares de su familiares cercanos y comunidades. Y su amor madura hasta convertirse en una cosa hermosa.

La mayoría de personas que conozco, tanto gais como hetero, quienes creen en alguna clase de vida después de la muerte esperan que haya un momento en su futuro cuando se reúnan otra vez con su cónyuge y sus seres queridos. Saben esto sin haber sido enseñados de ninguna doctrina de matrimonio eterno. Las familias hetero, si ellos aceptan el evangelio restaurado, estarían felices de aprender esta doctrina. A los que son gais se les dice en la Iglesia que ellos deben destruir su actual familia o renunciar a su posible futura familia y permanecer solos en este mundo si quieren tener la oportunidad de tener una relación en la próxima vida con alguien con quien nunca tuvieron la oportunidad de construir una relación en esta vida mortal. La mayoría de las personas hetero, si se le presenta esa doctrina, la rechazarían intuitivamente como una enseñanza abominable (como Lutero lo hizo confrontando la doctrina católica del celibato, y la Iglesia SUD lo hizo cuando se encontraron la doctrina de los Shaker). Por supuesto las personas gais lo rechazan.

La fe me ha enseñado a ir hacia adelante aún cuando no puedo ver demasiado del camino por el que tengo que transitar. He tenido algunas de las más extraordinarias experiencias espirituales que me han dejado entrever. Creo que seré un miembro de la Iglesia restaurada en buenos términos otra vez, algún día, creo que no sé los detalles de cómo eso será llevado a cabo. Creo que hay algo muy, muy especial preparado para mi esposo y para mí en la próxima vida si continuamos siendo fieles el uno al otro y si continuamos aprendiendo las lecciones que Dios tiene para enseñarnos. No sé qué cosa será, excepto que valdrá la pena cada desafío de esta vida.

Pienso que es razonable esperar que los miembros heteros santos de los últimos días puedan, aún con el actual marco de doctrina, tengan, por lo menos, suficiente caridad para escuchar y aprender de las historias de las personas LGBT, y se esfuercen por lograr barrios y estacas donde el amor de Sión es practicado, y donde todos puedan sentirse totalmente integrados a pesar de su formal estado de membresía (como mi rama ha hecho de manera brillante). Entiendo por qué la mayoría de personas LGBT no se sienten atraídas a la actual organización en la Iglesia.

Pero soy un creyente de que el Señor nos da más cuando lo hacemos bien con lo que tenemos. Y me parece que hay mucho más que todos podemos hacer y aprender con lo que ahora tenemos.

 

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