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Blog, Rostros de Afirmación

Sin esperanzas, en busca de respuestas

Fabio do Prado – Miembro Afirmación Brasilia

 

Y soy miembro de la Iglesia SUD desde los 14 años de edad. A los veinte años serví en una misión de tiempo completo en la misión San Pablo Sur del 2000 al 2002, para ayudar en la proclamación del evangelio restaurado del Salvador Jesucristo. Yo creo en este evangelio y esto no me hace mejor que otras creencias o personas.

Antes incluso de ir a la misión yo ya conocía mis sentimientos en relación a mi sexualidad, creía que el Padre Celestial podría ayudarme a vencer o incluso sacar este sentimiento de dentro de mí, pues creía que esto sería posible y entonces podría seguir en paz mi vida. Mi misión de tiempo completo fue muy difícil, tuve experiencias que me ayudaron a crecer y tuve la certeza de que mi vida post misión tampoco sería nada fácil, pero digo con toda certeza que lo haría todo de nuevo, porque siempre tuve la certeza de la veracidad de este evangelio y el amor de mi salvador Jesucristo. Siempre tuve una conexión muy fuerte con mi Padre Celestial, mis oraciones siempre fueron contestadas de inmediato. La posibilidad de no poder volver a ver al Salvador Jesucristo otra vez me asustaba y me entristecía.

En mi última entrevista con el presidente de misión antes de regresar a casa, decidí contar algunas cosas que me ocurrieron en mi adolescencia, sobre mi sexualidad. Él me aconsejó que debía hablar con mis líderes cuando llegase a casa. Percibí en su semblante un cambio, un aire de decepción. Cumplí honradamente mis dos años y más un mes de misión dignamente, que jamás olvidaré. Cuando llegué a Brasilia fui recibido por mi obispo, percibí que él estaba enterado de la conversación que tuve con mi presidente de misión la noche anterior. Desde el aeropuerto fuimos directamente a la sede de la estaca, donde el presidente de la estaca, ya me estaba esperando y también ya tenía conocimiento de la conversación. En la entrevista para el relevo como misionero se decidió que pasaría durante un año por un período probatorio, siendo que yo no había tenido contacto íntimo con otra persona del mismo sexo.

Este período fue muy difícil para mí, ir cada domingo a la Iglesia y no poder hablar, ni expresar mis sentimientos y ver a las personas con miradas prejuiciosas, como si yo hubiera cometido un crimen. Por sentirme inútil y sin poder expresar mis sentimientos, poco a poco fui dejando de ir a la Iglesia, pero nunca dejé de orar y ayunar para que el Padre Celestial, quitara estos sentimientos de mí y no sienta más atracción por el mismo sexo. Fueron entre dos y tres años que asistí a mi rama en Formosa, Goias, siendo objeto de bromas y miradas que me hacían sentir avergonzado. Con toda esta presión fui prácticamente obligado a enamorar a una muchacha, que hasta me llamaba la atención, pero no conseguí tener una relación sincera con ella, entonces decidí terminar este noviazgo, lo que hizo aumentar los chismes y desconfiazas sobre mi sexualidad. Muchas veces mi madre me veía llorando y me preguntaba por qué. Pero nunca tuve el coraje de contarle el verdadero motivo de mi tristeza.

Fue entonces que una hermana que vivía en otra ciudad de Belo Horizonte, Minas Gerais, me invitó a quedarse con ella unos días, para ver si yo iba a cambiar. Orei mucho al Padre Celestial, ayuné y pedía al Padre que me ayudara a encontrar una esposa y casarme y tener hijos. En la ciudad donde vivía mi hermana, volví a ir a la Iglesia, en el barrio había un muchacho que también era de Goias y nos hicimos amigos. Este muchacho me ayudó mucho, hasta me arregló un empleo en su empresa. Con el tiempo descubrimos que los dos teníamos los mismos sentimientos en relación a la sexualidad, fue ahí que vi no podía ocultar quién realmente era. Fue en esa época que oí hablar por primera vez de Afirmación, que había mormones gais y que yo no era el único, eso me dio fuerza. Decidí entonces llamar a mi madre y contarle sobre mi homosexualidad. Ella sólo me dijo que me amaba, oír eso fue muy importante para mí, entonces a los 24 años eso fue liberador, y comenzaba allí un nuevo episodio en mi vida. Mi madre preguntó si podía contar a mis hermanos, le dije que sí, y al día siguiente comencé a recibir muchos mensajes, llamadas e incluso la visita de mi hermana en mi trabajo.

Me quedé dos meses más viviendo con mi hermana, hasta decidir volver a mi ciudad, donde sentí el dolor del rechazo y el prejuicio, de aquellos que se decían mis amigos e incluso dentro de mi familia. Cómo fue difícil soportar el rechazo, por aquellos que se decían amigos y frecuentaban la misma fe y se hallan superiores simplemente por ser quien soy, un mormón gay.

Quien vivió o vive este evangelio sabe el amor que tenemos y los sacrificios que hacemos por él. Quien sirvió misión o sirvió en la Iglesia, sabe por qué dejamos las cosas del mundo, para servir una misión de tiempo completo, que es servir al Salvador y al prójimo. Yo sé que los pilares de la Iglesia son perfectos, los himnos y las canciones son maravillosos y nos tocan profundamente. Hay sentimientos que son inexplicables. Tal vez para quien no es miembro de la Iglesia SUD no entienda nuestros sentimientos y amor por este evangelio, por eso es tan doloroso estar lejos de las ordenanzas y también de poder compartir nuestro conocimiento y servir en la Iglesia.

Los pocos amigos que yo tenía en la Iglesia, me abandonaron poco a poco, mi mayor miedo se convirtió en una realidad, la soledad. Muchas veces tuve ganas de pelear con el Padre Celestial, dejé de hacer mis oraciones, por no sentir más su presencia a mi lado. Hoy a los 38 años de edad, he sentido un vacío inmenso, he creado una cáscara, un bloqueo. Muchos dicen que soy frío y seco, pero nadie sabe lo que viví y pasé por hacerme esta persona.

Cuando decidí ir a la conferencia de Afirmación en San Pablo, no imaginaba lo que podría encontrar allí. Confieso que fuerzas intentaron hacerme desistir. Como paso la mayor parte de mi tiempo ocupado, pensé que ir a la conferencia iba a perder mi tiempo y dinero. Al llegar al lugar donde se celebró la conferencia, la primera cosa que le dijo a Luiz Correa: «Nos pareció hasta que he venido a encontrarme con Jesús de tan lejos que es este lugar, pensé que no llegaría más», y nos sonreímos el uno al otro.

Yo apenas podía imaginar que realmente estaba allí para reencontrar a mi Salvador y hacer las paces con Dios. Comencé a percibir cómo el lugar era hermoso y de una tranquilidad, poco a poco fui conociendo uno a uno, inmediatamente me sentí aceptado y me acordé de la familia que perdí en la Iglesia. Por algunos momentos, sostenía las lágrimas, porque aún estaba resentido con Dios.

El domingo el último día de la conferencia, ya me desperté sintiendo algo diferente, el domingo me recuerdó mucho a las reuniones de la Iglesia. El salón de la conferencia me recordaba mucho la capilla, entonces los discursos, charlas y testimonios fueron demasiado para mí, por muchos momentos tuve que salir de la sala de tanto que me emocioné. Cada uno que se acercaba para consolarme lloraba más, quería mucho poder hablar a todos decir que estaba muy agradecido por estar allí en aquel lugar y por ayudarme a rescatar mi fe en el Salvador y mi amor por el Padre Celestial, pero no podía hablar, sólo podía llorar. Fue maravilloso, gratificante, mágico estar con todos, mi nueva familia, mis nuevos amigos. Fue todo tan espiritual, fue renovador y me hizo tener esperanza en el mañana.

 

Estoy inmensamente agradecido por la invitación de la presidencia de Afirmación (Cristina Moraes, Jean Carlos y Luiz Correa), gracias a cada uno de los abrazo que recibí. Espero que para servir y ayudar a Afirmación en su crecimiento en Brasil, porque sé que todavía hay muchos mormones LGBT que están perdidos y solitarios, esperando a un amigo y verdadero abrazo, como he recibido.

 

«Invito a todos aquellos que todavía no han venido que vengan a nuestros próximos encuentros, para que esta familia traiga de vuelta la luz y el calor a aquellos que, como yo, se sienten solos y sin esperanza».

 

«Agradecido a cada uno que conocí y que sepa que puede contar conmigo».

 

 

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