Tuve que redifinir mi concepto de masculinidad

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Mi nombre es David, soy trans, y las personas todavía me llaman «señora»… Quiero creer que eso es porque soy muy lindo para ser un hombre…

Ustedes saben, las chicas son lindas, los hombres son guapos. Los hombres son altos, tienen hombros anchos, grandes manos, grandes pies, grandes…

Cuando tenía tres años mi familia y yo nos mudamos a una nueva casa y había un niño de más om menos mi edad. Él sacó su pitito y se puso a hacer pis en el arbolito frente a nuestra casa. Él me decía «na na, tú no puedes hacer esto, na na». Me sentí desafiado, y no me gustó. Di dos pasos al frente, llevé mi mano abajo y… no había nada. Él tenía razón, no podía hacer lo mismo, y eso se sintió mal. Fue la primera vez en mi vida que me di cuenta que había algo incorrecto conmigo.

Tenía unos ocho o nueve años cuando quise cambiar mi nombre. Le pedí a mi papá y a mi hermana que ya no me llamaran por mi nombre de mujer. Ellos me preguntaron «¿Cómo querés que te llamemos?».

Me gustaba Richard. Sabía que era un nombre de varón, y que yo era una chica, no podía llamarme Richard… entonces conservé mi nombre de mujer.

Cuando tenía once años alguien me dio un par de pantalones. Me los puse y me calzaban como un guante. Mi familia me alabó, «¡Te queda tan bien!» me dijeron. Yo no tenía un espejo en ese momento, así que me torcí para mirarme, y vi mi trasero… Redondo y paradito… Mi cuerpo estaba cambiando… eso fue tan horrible. Desde ese momento en adelante fue una lucha para aceptarme, para amarme.

«Eso le pasa a todos los adolescentes» me dijeron. Pero me sentía muy escpéptico de que otros chicos y chicas se sintieran igual. Ellos parecían muy cómodos con sus cuerpos, mientras yo no podía verme al espejo, (conseguí un espejo cuando tenía doce años).

Traté tanto. Fui a la Iglesia, hice todo lo que me dijeron. Fui a seminario, conseguí mi medalla a la joven virtuosa, fui a instituto, a una misión. Puse el doble de esfuerzo en cada llamamiento.

Nada cambió.

Me sentí atrapado, y ni siquiera sabía dentro de qué clase de prisión estaba, ni tampoco cómo encontrar la libertad.

Me casé y tuve dos hijas. Me divorcié y dejé la Iglesia. A los treinta y séis estaba solo, y libre… pero no me setía libre.

Puse una sonrisa en mi cara, y salí a luchar por mis hijas, para que no sufrieran la ausencia de su padre.

Pero yo me sentía vacío, atrapado, solitario. Y culpable, porque no fui capaz de conservar al padre de mis hijas en casa.

Tenía treinta y ocho cuando me di cuenta que era un hombre.

Sentí como si me tiraran un balde de agua fría en la cabeza. Mi primer pensamiento fue: «Estoy equivocado», pero sabía que no lo estaba.

Al principio ni siquiera podía decir «soy un hombre» a mí mismo. Fui a ver a una psicóloga que atendía a la comunidad trans, pensé que ella tenía suficiente experiencia como para decirme si yo era trans o no. Ella compartió conmigo la experiencia de otras personas trans, y comencé a comprender mis propios sentimientos. Ella me dijo «Bienvenido a la comunidad LGBT» y eso me hizo tan feliz.

Pero entonces tuve que enfrentarme a mis propios prejuicios: ¿Qué hace a un hombre ser un hombre? ¿Qué significa ser un hombre?

Me habían enseñado qué era un hombre y cuando me di cuenta que era un hombre también me di cuenta que yo no calzaba en la definición de masculinidad que tenía. Yo no era nada como se suponía que debía ser un hombre. Necesité una nueva definición, nuevas guías.

Eso tomó tiempo, no fue automático. Me sentí avergonzado por mi apariencia. Soy demasiado bajo, mi voz es demasiado aguda, aún tres años después que empecé a tomar testosterona. Mis pies y manos soy pequeños, mi cara es tan redonda…

Todavía sin barba, porque el ADN me tenía que joder completamente…

Un día me senté al lado de una chica trans en la consulta del doctor. En algún momento en nuestra conversación olvidé que ella era trans. Sentí como si estuviera con cualquier chica que había conocido en mi vida. Me di cuenta que la apariencia es un factor muy pequeño en temas de género.

Por supuesto que importa, pero no del modo que me importaba a mí. Me di cuenta que mi punto de vista estaba equivocado.

Porque un hombre no es el que tiene partes del cuerpo masculinas.

Cuando una persona con pitito nace automáticamente se le cataloga como varón. Usualmente eso es suficiente. La mayoría de los hombres no tienen que luchar por su masculinidad, fue dado a ellos por las personas a su alrededor, y nadie nunca dudó de ello, porque los «varones» tienen pene.

Pienso que esta es una de las razones por las cuales los hombres se sienten tan frágiles en su masculinidad, porque no tuvieron que pelear por ella.

Eso es diferente en la comunidad LGBTQ. Hombres, hombres trans, mujeres, y mujeres trans en la comunidad LGBTQ están redefiniendo el concepto de masculinidad.

Así como la chica trans que me enseñó (sin saberlo) que una chica puede tener un pene, y ser tan femenina como cualquier chica, aprendí que no necesito uno de eso para ser un hombre.

¿Cuál es mi definición de hombre? Es alguien que es completo, que no necesita a nadie ni nada que le dicte su propio valor.

Mi definición de hombre no es muy diferente de mi definición de un ser humano decente.

Solamente decir que soy un hombre es suficiente. No necesito justificarme más.

Gracias.

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